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OPINION

En el filo de la decisión

David Escobar Galindo

Elecciones en El Salvador. Las últimas elecciones presidenciales del siglo. Las segundas elecciones presidenciales de la posguerra. Todo eso junto configura un momento especialísimo en la vida del país. Y mueve a reflexiones variadas sobre lo que está pasando en las interioridades de una sociedad como la salvadoreña, que en los últimos veinte años ha conocido y vivido contrastes impresionantes y transformaciones de extraordinaria magnitud histórica. Vamos por partes.

El Salvador es el país latinoamericano donde las convulsiones tradicionales del poder desembocaron con más claridad y vigor en un conflicto armado de amplitud nacional. Ese conflicto, cuyas raíces más profundas eran autóctonas, se insertó, como era inevitable en los años setenta y ochenta, en la lógica perversa de la Guerra Fría, lo cual catapultó dicho conflicto a las primeras planas del interés mundial.

Cuando la Guerra Fría comenzó a hacer agua, el conflicto salvadoreño pudo encontrar vías de solución política. Y así se llegó a la negociación de la paz, que culminó en Chapultepec, el 16 de enero de 1992. El Acuerdo de Paz, logrado en tales condiciones favorables, pudo constituirse entonces en una especie de plataforma para el reordenamiento del poder político en El Salvador, base indispensable para la reconfiguración de cualquier forma de poder en el país.

En el despliegue de esa plataforma de cambio profundo y progresivo de las estructuras y dinámicas del poder se han dado las dos elecciones presidenciales de la posguerra salvadoreña. En 1994, cuando todavía estaba fresca la solución política de la guerra, el partido ARENA tenía naturalmente todas las de ganar, y así ocurrió. Calderón Sol siguió a Cristiani dentro de una especie de normalidad sucesoria, determinada entonces por las necesidades básicas de estabilidad dentro del complejo y dilatado esfuerzo de cumplimiento de los compromisos contenidos en los acuerdos de paz.

En 1997, las condiciones del proceso nacional habían evolucionado hacia un nuevo momento. En aquellas elecciones legislativas y municipales, ARENA retrocedió y el FMLN –el partido político surgido de la antigua guerrilla– ganó terreno. Todo parecía indicar que en 1999 esa tendencia continuaría acentuándose.

Llegamos a 1998, y comenzó el movimiento intrapartidario para definir las candidaturas que competirían el 7 de marzo de 1999. Y ahí comenzó un nuevo crujir de dientes, de distinta naturaleza para cada partido. ARENA, asustada por sus resultados electorales, de 1997, se adelantó a sacar un candidato de perfil atípico, en comparación con lo que habían sido los perfiles de los "presidenciales" dentro de ese partido político, hasta ese momento muy marcado por las imágenes ideológicas del periodo de la guerra. Especulativamente se puede afirmar que ARENA se anticipó a lo que creía que sería la apuesta del FMLN en 1999: presentarse a la contienda con un candidato de mucho poder persuasivo por su independencia y desvinculación de las viejas estructuras del frente guerrillero.

Pero para el FMLN las cosas no se presentarían nada fáciles. Por el contrario, la definición de sus candidaturas desencadenó los demonios escondidos de su pluralidad interna. La posibilidad real de ganar las elecciones presidenciales en 1999 fue el factor que abrió su caja de Pandora. Luego de un traumático forcejeo –que reflejaba la lucha intestina por el control del proyecto histórico y del poder interior–, el Frente salió con el parto de los montes. Y eso ha determinado, en gran medida, toda la dinámica de esta campaña.

Por todos los datos disponibles, ARENA se alzará con el triunfo, sin muchos problemas, en primera o en segunda vuelta. Y el hecho de que pueda haber una segunda vuelta no depende sólo de los dos partidos más fuertes, sino de que hay otras fuerzas con algún arrastre, que podría dar algunas sorpresas en las urnas el 7 de marzo. Desde luego, no parece probable que se den vuelcos espectaculares; y, por lo que se ve, la disputa final –en primera o en segunda vuelta– será entre ARENA y el FMLN.

La campaña presidencial de 1999 ha tenido muchos componentes novedosos, que no surgen de los diseños estratégicos ni de las propuestas programáticas de los partidos, sino de las exigencias insoslayables de la realidad. Ha habido mucha más voluntad de acercarse a la gente; y también un propósito más marcado de responder, en las minuciosas propuestas de acción gubernamental, a los intereses de los más variados sectores. Por otra parte, siguiendo las enseñanzas que dejaran los comicios de 1997, la confrontación irrespetuosa prácticamente ha desaparecido. Esta ha sido una campaña de nuevo estilo, aunque no haya podido desplegar demasiada energía. Queda pendiente el reto para los políticos: cómo motivar en el futuro a una ciudadanía cada vez más crítica y exigente, que va teniendo superior conciencia de sus intereses.

El primero de junio se abrirá un nuevo periodo de gobierno. Esta vez hay más expectativas y más enigmas. La atipicidad de los candidatos –en especial del que se perfila como virtual ganador– deja abierto el espacio para esperar no sólo nuevos estilos, sino también impulsos más audaces en la conducción. Es lo que la realidad demanda, y ojalá que se le dé, para que nuestro proceso de transición hacia la democracia plena pueda seguir calificándose honestamente como ejemplar.

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