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Ricardo Lindo:Un sabio entre nosotros Geovani Galeas/Colaborador
Encorvado y frágil, ya nevados el cabello y la barba, casi siempre sonriente y de maneras dulces, Ricardo Lindo baja a pie por la empinada calle El Mirador de la colonia Escalón y toma un bus en el redondel de la Ceiba. Es amigo del cobrador, del niño que sube a pedir unas monedas y, animadamente, conversa con ellos sobre algún tema sencillo. Al bajar, en el centro de la ciudad, un auto de lujo se detiene a su lado y el conductor pugna por llevarlo a su destino. Él se disculpa y sigue a pie, contento de perderse entre la multitud. Al salir de su oficina entra en un bar. Rehuye la mesa importante de los fatuos encumbrados y departe con los parroquianos jóvenes y bullangueros como uno más entre ellos. Se le reputa de intelectual. Pero eso es cierto sólo en parte. Si la sabiduría es una categoría que comienza siendo intelectual y termina siendo espiritual y moral; si erudición e inteligencia son necesarias pero no suficientes para alcanzarla, si más que un conocimiento es una facultad que se traduce en armonía con la naturaleza y generosidad hacia el prójimo, él es un sabio. Nunca he sabido que tenga un enemigo. Cierto que algunos funcionarios se han esforzado por marginarlo, quizá porque él no intriga ni tiene ni busca poder. Él tiene su obra, que es permanente. Este hombre me honra con su amistad desde hace muchos años. Es mi maestro y ha escrito muchas de las más altas páginas que me ha sido dado leer. Cuando la guerra nos dividió a los salvadoreños, él no sucumbió a los llamados del odio de ninguna de las facciones. Y aunque apesadumbrado por la matanza, siguió edificando su canto y prodigando sus muchos saberes entre los jóvenes. Sabíamos que conocía varios idiomas y literaturas, y que había viajado mucho por América y Europa. Nos deslumbraban sus cuentos y poemas, nos prestaba libros y nos convidaba amablemente de su vino y de sus vastos conocimientos de la historia del arte. Nosotros nos perdíamos por las oscuras esquinas de la subversión y por las sórdidas páginas políticas de Dalton y de Benedetti; él nos reconvenía con bondad y nos enseñaba a leer la poesía verdadera de Saint John-Perse, Vldislas Milosz, Salvador Spriu o Mallarme. Nada nos dijo, para no ufanarse, de su trato personal con Sartre, Neruda, Asturias, o grandes maestros del teatro mundial como Marcel Marceau o Jean Louis Barrault. Eso lo supimos por otros. Los que se burlaron de su amor por una literatura, que no reflejaba una realidad tan concreta como la pared de enfrente, siguen extraviados aún en las neblinas del panfleto o del libelo. Es difícil reconocer el genio de nuestros contemporáneos. Álvaro Menéndez Leal tuvo que morirse para que los funcionarios supieran quién era y colocaran sobre su cadáver la distinción que ya antes, con premura digna de mejores causas, habían concedido a Vicente Fernández. Ricardo Lindo está aún entre nosotros. Tenemos ese privilegio. Por desgracia, su más reciente novela, “El canto aún cantado”, ha pasado desapercibida entre las últimas noticias de curulazos y bajas calificaciones ministeriales y presidenciales. Pero cuando los políticos hayan consumido su tiempito de fama y, huérfanos de los reflectores periodísticos se hundan en el olvido, los salvadoreños entonaremos aún el canto de Ricardo Lindo, como el de Claudia, Salarrué y Álvaro. Sobre Ricardo LindoNació en 1947 Su obra abarca la narrativa, la poesía y la crítica Algunas de sus obras son “XXX cuentos“, “Tierra“ y “El arca de los olvidos“ Es director de la Revista Cultural ARS © 1999 LA PRENSA GRÁFICA e Infosector Corp. Todos los derechos son reservados. No se reproduzca en ninguna forma. All rights reserved. Do not reproduce in any form. |
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