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Poeta en Los Ángeles Beatriz Cortez A mediados de 1998 me encontraba en San Salvador haciendo una investigación sobre la cultura de posguerra, cuando un desconocido me obsequió el poemario “Los infiernos espléndidos” de Roger Lindo. Fue la primera noticia que tuve de este gran poeta de la posguerra salvadoreña. No fue hasta después que supe de su vida, de su exilio de los noventa en la ciudad de Los Ángeles, de su trabajo como periodista en el diario “La Opinión” de esa ciudad y de su interés por la comunidad salvadoreña en los Estados Unidos. Alguna vez le envié un correo para saludarlo. Ya era tarde para ser objetiva: varios de sus versos se habían instalado permanentemente en mi mente, como lo hace nuestra poesía más querida. Desde allí buscan el sentido de mi propio exilio. Entiendo la posguerra como la edad de las tentaciones. La entiendo así porque ya no tenemos como en los años de la guerra un conflicto colectivo y palpable que resolver. Por el contrario, los conflictos ahora son múltiples, las posibilidades de perdernos en el camino también, mientras vamos por senderos inéditos, transfigurando identidades, fundando sueños. Pero el poeta tiene voluntad propia: “Pues me quedaré solo/ como un ronco ardid/ entre el hielo tenaz de mi preferencia”, dice amenazante. Tiene también una puerta que lo aparta de las tentaciones. Quisiéramos emularlo. “Es una puerta salvaje/ la mía” —nos dice— “Puerta lacerante/ puerta sabia”. La posguerra es también el momento en que nos balanceamos sobre una cuerda floja entre el olvido y el recuerdo de nuestra historia. Allí está el equilibrio que nos permite seguir, a veces vestido de cinismo, a veces melancólico. Así es también la casa de los Peña que describe el poeta: “Historia y nostalgia/ se rompen el alma en esta casa,/ donde las fotos de los caídos/ se disputan a dentelladas/ la razón con los vivos”. Y es allí donde el poeta se encuentra a sí mismo, frente a ese trasfondo de vidas perdidas: “soy sólo mi propia aventura/ recién salida/ de los infiernos espléndidos./ Impecable y sin causas,/ mi fe es errante”. La posguerra nos pide reinventarnos. El poeta también: “Haz como el que pretende/ y tiene la obligación de verse al espejo/ y termina rendido/ ante la evidencia de las rebeliones/ que lo obligan a agotarse/ y ser otro”. “Vivimos separados/ Sur favorito”, desde el exilio le dice el poeta a su país. Una relación nueva da inicio entre ellos. El Salvador ya no es un territorio sino un ser vivo que emigra con el poeta. Su poesía también se ha mudado de piel hasta llegar a la ciudad, “la gran víbora de niebla/ que descendía hasta mi pecho/ ciudad-flor desangrada/ en el circo de la noche”. Entonces el poeta busca reinventarse, busca “inventarlo todo/ en la larga noche irreverente”. El exilio es una nueva vida que sigue su curso. Recuerdo el primer poema de “Los infiernos”. —“Por el amor de siempre ir/ mis ojos se mantienen abiertos/ bajo las estrellas”— y pienso en el poeta, de incógnito, viajando por sus vidas, una tras de otra, con traje diferente, desde un paisaje verde hasta otro horizonte muy distinto en el corazón de la ciudad. Un amigo de su infancia me contó que desde siempre, desde muy joven, Roger Lindo fue un poeta. La poesía es el hilo que une sus diferentes vidas, me digo. “Los infiernos espléndidos” del poeta salvadoreño Roger Lindo (1955) fue publicado en San Salvador por la Dirección de Publicaciones e Impresos en 1998. © 1999 LA PRENSA GRÁFICA e Infosector Corp. Todos los derechos son reservados. No se reproduzca en ninguna forma. All rights reserved. Do not reproduce in any form. |
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