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El Salvador: Seguir de pieSábado Negro le llaman ya en El Salvador, y quieren decir Sábado Infausto. ¿Cómo es posible que un país siga de pie después de tantos golpazos? Quizá porque la amenaza y el acoso constante, y la contemplación de las muchas caras de la muerte le han hecho amar la vida. Roger Lindo Los Ángeles. Crueldad de su signo es que a un país tan castigado por las adversidades, se le hubiera bautizado El Salvador. Su historia es un recuento apretado de cataclismos, naturales y sociales, que se vienen alternando desde sus orígenes para castigar a este pueblo forjado en la desgracia, experto en emerger una y otra vez de entre las cenizas y de los escombros, porque no le queda alternativa. El 7 de junio de 1917, Jueves de Corpus, la capital salvadoreña, entonces de alrededor de nueve mil casas, fue destruida por un horrendo terremoto-erupción. El Volcán de San Salvador, a cuyo pie se levanta la ciudad, empezó a arrojar lava, cenizas y gases azufranados a las 7:30 de la noche sobre una población aterrorizada ya por los temblores previos. El poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, que por esos días se hacía llamar Ricardo Arenales, se encontraba ahí. Describe la catástrofe con colores terribles en su crónica novelada “El terremoto de San Salvador”. En 1965, en la madrugada del Día de la Cruz, otro terremoto asoló San Salvador. Para siempre en la memoria los espantosos sacudimientos, las calles agrietadas, las dormidas en los corredores de la casa, las paredes resquebrajadas, las calles abiertas, la ruina de lo que fueran hitos en el San Salvador de mi niñez, los vecinos que por primera vez se hablaban, la incorporación al léxico común de la palabra “damnificados”. En 1986, en plena guerra civil “75 mil muertos, incontables pérdidas económicas, una diáspora que envió al extranjero a la quinta parte de la población, el cisma en las familias”, el Valle de las Hamacas volvió a hacerle honor a su nombre. Los edificios principales de la capital fueron demolidos, más de 1,500 personas sucumbieron en un minuto de furia. Cada quince años más o menos, un terremoto hace que El Salvador caiga de rodillas. Los californianos no son ajenos al sentimiento de vivir con el alma en vilo. No pocas veces se preguntan si el temido “Big One”, el Grande que predicen los científicos, se presentará alguna vez en sus vidas. En Centroamérica cada terremoto es el Grande. Nicaragua, 1972, y Guatemala, 1976, lo confirman. En El Salvador, si se incluye el terremoto del sábado 13, una sola generación fue testigo de tres espantosos, tres grandes seísmos. Después del terremoto del sábado, el mundo sabe de la existencia de Las Colinas, de Santa Tecla, de Comasagua. Es la toponomia de la adversidad. Nombres adosados a imágenes de padres y madres que lloran a sus hijos, de cuadrillas de voluntarios que arañan la tierra con las manos desnudas en busca de sobrevivientes, de oídos que se acercan a un orificio en busca de señales de vida. Sábado Negro le llaman ya en El Salvador, y quieren decir Sábado Infausto. ¿Cómo es posible que un país siga de pie después de tantos golpazos? Quizá porque la amenaza y el acoso constante y la contemplación de las muchas caras de la muerte le han hecho amar la vida. Es un país que para seguir viviendo tiene que hacer cosas suicidas, como lanzarse al exilio en esquifes trémulos, aventurarse por la fría la noche de los desiertos y superar bardas imposibles. Hoy, como ayer, los afectados por antonomasia de los horrores colectivos son los ciudadanos que duermen en casas de bahareque y adobe, los de a pie, los que hacía unos días bregaban y se frustraban aprendiendo a contar en dólares. Pero no hay lugar para la infatuación de ser salvadoreño. Ciertamente, debieran dar medallas por serlo. Mañana El Salvador volverá a ponerse de pie. Pero vivir en esa tierra será siempre como vivir sobre un retumbo. © 1999 LA PRENSA GRÁFICA e Infosector Corp. Todos los derechos son reservados. No se reproduzca en ninguna forma. All rights reserved. Do not reproduce in any form. |
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