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OPINIÓN

Pretextos Las trampas de la fe

Miguel Huezo Mixco
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
mhuezo@laprensa.com.sv

Mientras los teólogos discutían en Bizancio sobre el sexo de los ángeles, el mundo cambiaba, y cambiaba tanto que la Iglesia de Cristo terminó dividiéndose.

La Iglesia tuvo su “actualización” en los años 60 del siglo pasado: pidió perdón por su indiferencia ante el sufrimiento de pueblos enteros, se interesó en los temas de la paz mundial y hasta desarrolló una polémica doctrina social. Pero en materia de sexualidad siguió anclada en el medioevo. Nuestra sociedad es hija directa de ese atraso. Nos ufanamos de nuestros avances en materias de libertades, pero cerramos los ojos ante la represión sexual. La sociedad salvadoreña se caracteriza por propiciar ataques de todo tipo contra quienes tienen preferencias por personas de su mismo sexo. Los homosexuales y lesbianas son vistos con el ceño fruncido. Pero nos guste o no, el mundo no es sólo heterosexual.

A medida que las sociedades se vuelven más abiertas, las personas homosexuales comienzan a ganar los espacios que las leyes y la cultura les han vedado por siglos con tanta ferocidad. En los últimos diez años han surgido en el país agrupaciones que defienden su derecho a vivir la vida como lo ordena Naturaleza, demandando leyes que les aseguren el disfrute en sociedad de ese derecho.

No la tienen fácil. En El Salvador sigue predominando un pensamiento que quisiera arroparnos con una “burqa”, la célebre prenda de las mujeres afganas. La idea de matrimonios gays hace que muchos se rasguen las vestiduras. Existen personas y agrupaciones, con más billetes y mayor acceso a la prensa, pero también con más prejuicios acumulados, que se empeñan en seguir viendo el mundo como en los días de Bizancio. Para estas personas, los gays son seres enfermos y no se les debe permitir besarse ante un juez.

Hay otro sector aun más duro que adversa incluso, el control de la natalidad. Para estas personas el sexo cumple una función eminentemente reproductora, y consideran grave que sirva a un amo del que nos aconsejan desconfiar: el placer. Vale recordar que a estas alturas de la historia, ya no es posible considerar la parte inferior del cuerpo humano como nuestra mitad animal y vergonzosa. Pero en la vida, lejos del ambiente de sacristía, la intolerancia sexual adquiere ribetes trágicos. Una de las diversiones viriles de nuestra sociedad es ir a la calle a insultar y a apedrear homosexuales.

Esos torneos ya han dejado muertos. Pero hay otra agresión, menos excitante, pero tanto o más dañina: la sanción social, que condena a los gays a vivir dentro del clóset construido con la madera y los clavos de los prejuicios de nuestro mundo heterosexual.

Es hora de reconocer que la homosexualidad está presente en las altas esferas de este país, en la economía y en el arte, en los medios de comunicación, en la política, la academia y la empresa privada.

Nos sorprenderíamos de la enorme y beneficiosa influencia social, cívica y cultural que ejercen. O tal vez lo sabemos, pero preferimos enterrar la cabeza en la arena. A este país le hace falta, al lado de mayor ejercicio democrático, mayor ejercicio de desnudez. “Desechar los disfraces, arrancar las máscaras”, como proponía Octavio Paz.


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