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Las brasas de 1932

Miguel Huezo Mixco
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
mhuezo@laprensa.com.sv

Pocos sucesos han llamado tanto la atención en la historia salvadoreña como los que tuvieron lugar en enero de 1932. Se intentó tender un velo sobre la matanza. Y aquel silencio forzado marcó a la cultura salvadoreña: lanzó a los indígenas a la pobreza más atroz y al desprecio social; también le enseñó al país a vivir con una mentira horrenda. En los periódicos no hubo investigaciones ni denuncias, y si las hubo, la censura oficial se encargó de impedir su difusión. Eso no es todo: archivos y hemerotecas fueron purgados de toda alusión a la matanza.

“El 32” se convirtió en trauma nacional. En esas estamos todavía. Con los residuos de aquel conflicto esta sociedad tiene, año con año, su miércoles de ceniza. La derecha salvadoreña introdujo el “comunismo” (“bestia peluda que come niños...”) en su diccionario demonológico –una entrada que sus herederos no se han preocupado de revisar. La izquierda partidista, aunque rompió el cerco de silencio, tampoco hizo un análisis consistente sobre los eventos. La derecha propuso la versión de que el Gral. Hernández Martínez salvó al país del comunismo. Simétricamente, la izquierda entronizó que el levantamiento fue resultado de una provocación del gobierno. En ambos casos, las propuestas son útiles para la agitación, pero no para establecer la verdad histórica.

Entre tanto, aquellos dolorosos eventos siguen reclamando reflexiones que nos acerquen a una verdadera catarsis nacional. Aun en nuestros días, setenta años después, la alusión a los hechos sigue viéndose con una ceja enarcada, y, a diez años de la firma de la paz, el tema parece no interesarle a casi nadie.

Sobre el 32, el salvadoreño sigue siendo tan ignorante como en el pasado. Apenas hasta este año se ha publicado en el país el estudio más detallado de los incidentes: “El Salvador, 1932”. Su autor, Thomas Anderson, conversó con algunos de los protagonistas e indagó en las raíces del levantamiento. La narración que hace de la represión es escalofriante. (Anderson tampoco pudo sustraerse a las leyendas y le otorgó visa a la supuesta erupción del Izalco, el 22 de enero, la cual no ocurrió en la fecha, como lo quieren la imaginación popular y algunas canciones del repertorio contestatario.)

En los últimos años se han realizado más investigaciones. Erick Ching, por ejemplo, estudió los archivos del Partido Comunista de la URSS después de la caída del muro, y documenta que, en realidad, la alta nomenclatura, como sugiere en otro estudio Rodolfo Cerdas, miraba con poca seriedad las aventuras de sus camaradas centroamericanos. Héctor Pérez Brignoli asegura que el levantamiento no fue el fruto negro de la agitación del partido de Araujo o el PC, sino de otro enfrentamiento: el de los indígenas contra los ladinos de las clases media y alta, que siempre animalizaron al indígena, y lo confinaron a pieza de museo.

Por sobre estos y otros sesudos trabajos, la historia del indígena que se salva de la muerte simulando ser un espantajo, como la cuenta Salarrué en “Trasmallo”, resulta una metáfora inmejorable para comprender la condición del indígena en la sociedad que surgió tras la masacre del 32: el indígena sólo se salvará de la cólera ladina en la medida que se vuelva un ser humanamente invisible. Este castigo todavía no le ha sido levantado.


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