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La tesis de que la gente emigra de El Salvador por ser pobre parece ir perdiendo adeptos. Suecia lo confirmó. En uno de los campamentos de salvadoreños instalados en el país de las zapatillas y del famoso arquero de fútbol Thomas Ravelli vive una compatriota –a quien llamaremos Carla López– cuyo perfil no se parece en nada al que se podría pensar: trabajaba en la distribuidora CAESS y ganaba 13
mil colones al mes.
Enfoques: ¿Cómo se puede explicar el fenómeno de las olas migratorias en El Salvador?
Juan José García: La migración comienza a sentirse como posibilidad real cuando en el país expulsor usted encuentra dificultades estructurales para su desarrollo familiar o personal, cuando comienza a sentir que en este país es imposible mejorar sus condiciones de vida, cuando comienza a interiorizar que en este momento y en el futuro próximo no es posible obtener una vida estable familiar
o socialmente, aunque tenga trabajo. Es decir, el tema del desempleo y no tener recursos no explica este tipo de migración, sencillamente porque hay factores más ideológicos y culturales.
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Decía un escritor, en un polémico libro sobre El Salvador, que en este país hay dos clases sociales: “Los que viajan en carro y los que van en bus”. Esta última, en la que me incluyo, ha aguantado por largos años el peso de la irresponsabilidad y la corrupción a los que ha sido sometida, tanto por funcionarios como por empresarios de transporte.
El susto
Alguien en la sala de prensa de la Casa Blanca se refería a ella como “la galleta talibán”, lo cual es una manera más de inyectar comicidad a un asunto que en el entorno del presidente no ha provocado ninguna risa.
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