El D'Aubuisson al que conocí
Cecilia Gallardo de Cano
Gerente de Redacción
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Un día de enero de 1992, a eso de las diez de la noche, sonó el teléfono. Era Armando Calderón Sol: “El mayor está muy grave y quiere verte mañana por la mañana”, me replicó.
Llegué al Hospital de Diagnóstico como a las 9:00 a.m., y al entrar a su cuarto, el padre Fredy Delgado estaba finalizando la misa diaria que le celebraba desde hacía algunas semanas. El padre Delgado se había convertido en su consejero.
La escena me sorprendió, era un contraste demasiado fuerte, Roberto d'Aubuisson comulgando y postrado en una cama.
Además, el tratamiento de quimioterapia había hecho que su flaqueza se acentuara, y hasta me pareció que se veía más pequeño.
Aunque su estatura fue una de las cosas que también me impresionó la primera vez que lo vi. Fue en una cena en el Hotel Sheraton (en 1981), al anunciar la fundación de un nuevo partido. “Tanto empresario grande y fuerte que tenemos y este militar –‘chaparro’– desconocido y perseguido toma el liderazgo”, pensé.
Saludó a mi esposo, pero le pidió a él y al resto de visitantes que se salieran de la habitación.
Hablaba con mucha dificultad; aun así logró transmitirme tres cosas: dos mensajes para el presidente Cristiani, y un favor personal.
Lo primero, y que le tomó más tiempo, fue la recomendación de que el
próximo candidato de ARENA para las elecciones presidenciales de 1994 debía de ser un empresario. Insistió e insistió en eso.
Además, quería sugerirle unos movimientos de ministros del Gabinete económico a Cristiani.
Por último, me pidió que apoyara al padre Fredy Delgado para que publicara sus memorias.
Cumplí con la misión de mensajera, pero no pude ayudar al padre Delgado, pues murió a los meses siguientes.
Imágenes y anécdotas
Tres años antes de las presidenciales de 1989, D'Aubuisson se puso a pensar quién sería el próximo candidato presidencial.
Cuatro nombres estaban escritos con plumón azul en una pizarra blanca colgada dentro del desordenado cuarto donde se reunía el COENA, en el antiguo local del partido, en la calle El Progreso.
Por orden estaban: Manuel Pacas, Mauricio Gutiérrez Castro, Armando Calderón Sol y Alfredo Cristiani.
Poco a poco fue tachando con una equis hasta que quedó el de Cristiani. “Es buen candidato, lo único que me preocupa es que es muy educado y no sé si podrá poner quietos a mis compañeros de la Fuerza Armada”, comentó.
“Al final lo van a tener que aceptar”, dijo. Y él se encargó de que así fuera. Durante los siguientes fines de semana recorrió el país.
–“Éste es el candidato”, decía.
–“D'Aubuisson, D'Aubuisson”, gritaba la gente.
–“Que les digo que éste es el candidato; es más educado, sabe hablar inglés y yo ni visa tengo”, dijo una tarde calurosa en Cojutepeque para que la gente soltara una carcajada.
Pero ese buen humor, en muchas ocasiones, se le transformó en frustración. Como cuando se enteró de que sus amigos Llovera Ballet, Zacapa y otros estaban involucrados en los secuestros.
“Ante un movimiento clandestino como el de estos piricuacos sólo otro movimiento clandestino lo podía neutralizar; pero al que no entienda que ya somos partido político y que tenemos que tener transparencia, que le caiga todo el peso de la ley”, dijo en una reunión privada que tuvo en el partido.
En 1991, a pesar de que ya le habían diagnosticado el cáncer, decide viajar a México con dos amigos muy cercanos.
El objetivo era una reunión con Ramiro Abreu, encargado del Departamento de América del Partido Comunista cubano.
Abreu quería plantear el problema que enfrentaba Cuba con más de 250 guerrilleros salvadoreños lisiados de guerra y sin la ayuda de la disuelta Unión Soviética. Durante la reunión, los dolores le atacaron fuertemente.
Abreu le ofreció tratamiento gratuito en Cuba. “Los americanos te van a regar más el cáncer”, le advirtió.
“El problema es que nunca he confiado en los comunistas”, le dijo después a uno de sus acompañantes. D'Aubuisson le prometió que evaluarían el tema de los lisiados, y le indicó que le informara al FMLN que la derecha del país deseaba seriamente parar la guerra, y que Cristiani tenía todo el respaldo para el proceso de negociación.
Después tuvo otros encuentros con Abreu en México; éste lo visitó en el hospital el 1° de febrero (19 días antes de su muerte), justo el día en que comenzaba el cese del enfrentamiento armado.
Los amigos que lo acompañaron fueron testigos de una figura de grandes contrastes; una persona poderosa ante los grupos económicos aunque nunca andaba un centavo en su bolsa, mucho menos conocía las tarjetas de crédito.
Tenía dos guardaespaldas, sí, pero su secreto de seguridad estaba en su impuntualidad. Literalmente, no tenía horario ni calendario.
Una vez fue invitado a pasar el domingo a un rancho en el mar con un par de amigos. Llegó cuando los demás ya se iban y se quedó, sin planificarlo, cinco días.
“Si está la ‘Chichí’ conmigo estoy feliz”, dijo, refiriéndose a su segunda esposa.
En los días en que las huelgas de ANDES tenían paralizado el año escolar, y las bases del partido presionaban para que se les otorgara plazas en el Ministerio de Educación, me lo encontré en uno de los pasillos de Casa Presidencial: “Ya no deben mandar ni los de ANDES ni el partido, ahora sos ministra de Educación de todo El Salvador y primero es El Salvador”, me aconsejó.
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