Bebiendo la Copa
Siguanabas del fútbol
Willian Carballo
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Se ha enterrado sapos en una cancha, prohibido comer carne de pollo antes de un partido y satanizado el sagrado himno de un club. El fútbol no se ha salvado. Brujería, santería, creencias. Cualquier cosa con tal de embolsarse un partido, matar una mala racha y asustar a un delantero que se enfila
con hambre de gol. En el fútbol también hay mitos.
Hablemos, primero, del sapo. Según cuenta el escritor uruguayo Eduardo Galeano en uno de sus libros, a finales de los años 30, un fanático enemigo del Vasco da Gama, de Brasil, enterró uno de esos batracios en la cancha local de ese equipo. “¡Que no salga campeón en 12 años!”, gritó. Y casi fue así.
Casi. Uno, dos, cinco, 10, 11 años sin ganar un título. Pero al decimoprimero lo consiguió. “Dios nos hizo un descuentito”, dijo el presidente del club. A lo mejor.
Un par de décadas después, otro club de Brasil también bailó varios años al son de un misterio: el Flamengo. Un sacerdote se hizo miembro de la directiva del club. El equipo empezó a ganar, ganar, y ganar. Los jugadores no se entrenaban bien si el religioso no llegaba a verlos y los goles se celebraban
besándole la sotana.
Hace no mucho, Carlos Bilardo, técnico de Argentina de 1983 a 1990, no dejaba a sus jugadores comer pollo. ¡Aves malditas! Daban mala suerte.
También se supo que el colombiano Fredy Rincón jugó asustado el Mundial del 94: un indio amazónico le había dicho que se rompería una pierna. Así cualquiera.
Un anterior himno del Milán fue censurado de por vida. “Transmitía ondas maléficas”, argumentó Silvio Berlusconi, presidente del club. ¿Le pasará lo mismo algún día a los aliancistas con el “¿Cómo no te voy a querer?”?
Otros también han tomado medidas de prevención. El otrora arquero argentino Amadeo Carrizo usaba gorra para no perder. Y un ex delantero del Barcelona, Luis Suárez, creía que si se le derramaba el vino durante la cena, metería un gol.
¿Y la siguanaba? No, ni lo sueñe. Ni siguanabas, ni cipitíos, ni cadejos. Nuestros mitos todavía están muy lejos de colarse con la élite de las creencias y misterios del fútbol mundial. Para eso nos falta mucho. Demasiado, diría yo. Ojalá me haya entendido esa metáfora final.
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