Vida plena
Sofía Villalta Delgado
Colaboradora de LA PRENSA GRÁFICA
opinion@laprensa.com.sv
Los conceptos de vida plena se ven desde múltiples ángulos, para unos alcanzar la vida plena es llegar a un punto estático donde los logros terminaron de fluir y el crecimiento personal se detiene; para otros, la concepción de vida plena se percibe como un proceso dinámico que surge después de irrumpir a nuestro ser interno y ver cómo a través de la vida descubrimos nuestro sí mismo.
Llegar al sí mismo implica abrirnos a nuestra propia experiencia y ver nuestro verdadero ser despojado de mecanismos de defensa, esto obviamente es muy difícil porque cuando buscamos una imagen desnuda del sí mismo encontramos cosas que no queremos ver: nuestra cólera, nuestras debilidades, todo lo que a través de nuestro desarrollo hemos aprendido o hemos sido impulsados por nuestras pulsiones
internas, de manera que es más cómodo vernos a través del ropaje de nuestro deber ser y con la expresión de todo lo que nuestros mecanismos defensivos muestran.
El ser humano desea ser todo lo que la cultura donde se desarrolla y vive espera que sea. Ser mujer en nuestro medio significa: saber cocinar, ser excelente madre, sacrificar todo por otros, doblegar nuestros propios deseos de éxito y triunfo académico, en fin, un ser en subordinación total.
Por otro lado ser hombre implica proveer, ser fuerte, triunfador, obtener el éxito en el campo público y no dar muestras de debilidad. La ternura, las expresiones afectivas no son signos de hombría, así a los hombres se les castra en las expresiones afectivas y su modelo de identidad de fuerza los lleva a la asociación de violencia como expresión de su identidad masculina.
De manera que ver la vida plena del ser humano choca tangencialmente desde la visión masculina o femenina del enfoque, de manera que lo que para unos es vivir plenamente difiere de lo que para otras significa el mismo concepto. Así no podemos uniformizar leyes, mandatos, etc., porque vivimos hombres y mujeres en mundos separados, a pesar de estar en el mismo lugar y en el mismo momento.
Cuando las mujeres vivimos el proceso de buscar nuestro sí mismo y encontramos un mundo de dependencia y sumisión, caemos muchas veces en creer que reforzar nuestra autoestima significa tener un choque directo con las construcciones sociales aprendidas y buscar en el colectivo social en que vivimos la construcción de un modelo de identidad femenina donde el éxito académico, el dominio del terreno
público sean espacios que podamos compartir con el género masculino. Conocer esto lleva a muchas mujeres a caer en el campo de la frustración o en el campo de la ambivalencia de cómo manejar nuestros auténticos deseos frente al paradigma de feminidad aceptado.
Así cuando trabajamos con grupos de hombres y mujeres la autoestima en general o con jóvenes, tropezamos con expectativas diferentes que no buscan ni trabajan con los mismos ejes de igualdad y equidad.
La dinámica del aprendizaje sobrepasa los procesos exclusivos de memorizar conceptos, para que sean efectivos es necesario la aplicación de dinámicas reflexivas donde se vean analíticamente las vivencias cotidianas y se compartan satisfacciones y frustraciones y se identifiquen deseos y esperanzas, aunque éstas sean utópicas para un grupo en particular en el logro específico de vivir en plenitud.
En relación con la vida plena compartimos la visión de dinamismo y transformación constante y no la del estatismo, así percibimos que la plenitud es un proceso que se vive momento a momento y con cambios que signifiquen para los humanos y humanas espacios de igualdad y equidad semejantes en donde la gratificación se comparta con espacios equitativos que demuestren que somos diferentes, pero no desiguales.
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