“Las drogas me hicieron tocar fondo”
Redacción de nacionales
social@laprensa.com.sv
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A ESCONDIDAS. Las horas libres o faltar a clases facilita
el consumo de algún tipo de drogas entre los estudiantes adolescentes.
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“En este país, es fácil encontrar droga. A la salida del colegio, con todo
y uniforme, iba con mis compañeros a comprarla al barrio San Miguelito”, expresa
Nicolás, de 17 años, alumno de un colegio ubicado en la colonia La Rábida, al
norte de San Salvador.
Sentado en una silla y encerrado por las cuatro paredes en la habitación de
un centro de rehabilitación, el joven, de cuerpo delgado, piel trigueña y ojos
opacos, cuenta su experiencia.
“En un principio, los vendedores desconfiaron de mí. Hasta me pegaron una vez,
porque pensaron que me había mandado un policía, pero cuando me vieron con otros
compañeros, me aceptaron como cliente”, expresa.
Nicolás apenas tenía 14 años cuando comenzó a fumar y a beber alcohol y cervezas,
y no había cumplido los 15 cuando conoció la marihuana.
Desde ese momento, los estudios pasaron a segundo plano.
Sus compañeras se encargaban de hacerle las tareas y hasta de hacerle los
exámenes. El joven nunca aplazó grado. “Todo ese año fue de andar jodiendo.
De no entrar a clases”, agrega.
Beber a tempranas horas para paliar la resaca y las gotas para disminuir la
irritación de los ojos se volvieron una estrategia.
El Callejón
“¡Aquí hay de la buena!, ¡aquí hay de la buena!”, se escuchaba cada vez que
el estudiante de octavo grado se adentraba a la comunidad Tutunichapa IV, contigua
al mercado San Miguelito.
“Cada toque de marihuana me lo vendían a cinco colones y cada piedra de crack
a 10”, comenta.
Los parques y las casas de sus amigos eran lugares perfectos para consumirla.
“El dinero no me faltaba. Aunque mi papá nos haya dejado antes de que yo naciera,
mi mamá ha trabajado para darnos de comer a mi hermana mayor y a mí”, añadió
el adolescente.
Sin embargo, el comportamiento violento es algo que Nicolás no pudo manejar.
Así han pasado dos años. Con el dinero que su madre enviaba desde el extranjero,
Nicolás mantuvo su propio vicio y el de otro drogadicto. Pero el dinero fue
escaseando y la ansiedad por el crack iba aumentando. Las joyas de su hermana
y otros artículos de la casa comenzaron a desaparecer uno a uno.
El joven se fue de casa. “Nunca imaginé que conocería el frío, que dormiría
en la calle, que me sentiría solo. Las drogas me hicieron tocar fondo”, dice
Nicolás, mientras trata de borrar de su memoria esa cruda experiencia.
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