Editorial
Economía: un moderado optimismo
LA RECESIÓN estadounidense ha golpeado a la economía mundial con sus ondas
expansivas, y desde luego nuestras economías directamente periféricas sufren
más. El fenómeno se presentó desde finales de 1999, y en septiembre de 2001
se le sumó el tremendo impacto del ataque terrorista al corazón de Estados Unidos.
Sin embargo, siendo la economía estructuralmente más fuerte del mundo, las energías
de la recuperación han comenzado a manifestarse, y así vemos cómo en el primer
trimestre del año en curso la economía norteamericana presenta índices de crecimiento
muy halagadores, que en las primeras estimaciones casi alcanzan el 6%. Desde
luego, las crisis crean muchas reservas en el ambiente, y por eso tanto las
autoridades como los inversionistas siguen a la expectativa, alertas ante los
signos que se van manifestando en la realidad, especialmente en las áreas del
consumo popular y de los inventarios de las empresas.
En un caso como el de nuestro país, las condiciones son muy distintas. Nuestra
economía no se mueve, ni de lejos, por el consumo nacional, donde justamente
está una de nuestras más grandes debilidades estructurales, ya que la falta
de un amplio y activo mercado interno reduce nuestras capacidades de adaptación
a los altibajos económicos. En realidad, tenemos varias esferas de actividad
económica, no suficientemente comunicadas. Por ejemplo, el campo de la actividad
exportadora es una cosa, y otra muy distinta es el área de la actividad que
se reduce al movimiento interior. Esto hace que haya diferentes niveles, no
sólo de capacidad productiva y modernizadora, sino de posibilidades para incorporarse
a la gran corriente de apertura que caracteriza al mundo actual.
Las proyecciones oficiales de crecimiento económico nacional para el año en
curso alcanzan el 3%. Lograr ese porcentaje sería positivo en relación con lo
que hemos tenido en años recientes, sobre todo después de la caída de los precios
del café y de los devastadores terremotos del pasado año; sin embargo, puestos
en comparación con lo que el país necesitaría crecer anualmente durante un prolongado
período para mejorar de forma sustancial los niveles generales de vida, un 3%
es a todas luces insuficiente. De lo que se trata, entonces, es de acumular,
con la mayor rapidez y articulación posibles, condiciones estructurales de crecimiento
que den base para un desarrollo sostenible, en el más abarcador sentido de la
palabra.
No podemos perder de vista que nuestra economía está “desacelerada” desde
hace, cuando menos, siete años, lo cual constituye un lastre del que no se puede
prescindir a la hora de hacer balances sobre el presente, de cara al inmediato
futuro. Dependemos demasiado de factores coyunturales, aunque éstos puedan tener
una duración más o menos prolongada, como son las maquilas, y, sobre todo, las
remesas familiares. Como decíamos hace algún tiempo, las remesas producto del
trabajo de nuestros compatriotas en Estados Unidos son el verdadero flotador
de nuestra economía. Pero no basta con que la economía se mantenga a flote:
tiene que encontrar las vías para avanzar por su propia cuenta; de no ser así,
seguiremos en la muy riesgosa zona de los comportamientos imprevisibles.
Si lográramos crecer este año en un 3% sería un resultado relativamente muy
positivo. Ojalá que se alcance. Pero el trabajo no debe parar ahí. Hay que hacer
mayores esfuerzos para integrar los distintos niveles de la economía nacional,
de tal manera que el crecimiento factible beneficie a todos, a fin de no permitir
que las diferencias de crecimiento en la economía interna traigan otros peligros
y quebrantos al proceso nacional.
|