Carta de mayo
David Escobar Galindo
Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA
degalindo@laprensa.com.sv
Es mayo. Tiempo de entusiasta humedad, aunque en estas épocas ya no puede
asegurarse nada. Antes, el calendario tenía disciplina casi perfecta. Las cabañuelas
–que mi abuela apuntaba en un cuaderno para guiarse durante el año– daban la
pauta de la estación seca y de la estación lluviosa. Cada uno de los primeros
doce días de enero correspondía a un mes del año, en lo que se llamaba cabañuelas
mayores, y cada medio día de los siguientes seis era parte de las cabañuelas
menores. Y además había signos infalibles, como el paso de los azacuanes, cuyas
bandadas anticipaban, con 40 días de fiel exactitud, la llegada de las aguas
benéficas.
Mayo es un mes mágico, quizás de una manera más esplendorosa que los otros.
Los colores y los aromas rompen sus capullos, sellados por la austeridad del
imperio del polvo. De pronto, las nubes recuperan su humanidad, y recuerdan
que la abundancia dadivosa es su fuerte. Con premura moral, reparten la derramada
frescura sobre los zacatales y las tierras ávidas, advirtiéndole al aire que
ha llegado la hora de los dones. Y las fragancias de la tierra mojada reiteran
la buena nueva de los retoños impacientes.
Las primeras lluvias tienen sonido de infancia. Allá, en el mundo natural
donde crecí, el invierno llegaba con rebeldía de hojas, con rebelión de ventiscas,
con revolución de cristales recreados. Había que cobijarse de las ráfagas, tras
las maderas crujientes. Las luces artificiales parpadeaban con angustia, como
si aquello fuera una invasión insospechada. Y a la mañana siguiente, luego de
los sueños intranquilos por la rayería incesante, todo aparecía quieto y virginal,
lavado en el bautismo de las frescuras exquisitas. El sol venía del horizonte,
jugando peregrina entre los charcos.
Pero ahora es de noche, y la lluvia tiene diferentes intenciones. Me cobijo
en el calor de la cama compartida, y escucho la libre lección del agua, como
si fuera la lectura de un libro sagrado. Tengo la viva sensación de compartir
la conciencia del jardín, con hermandad de vínculos atávicos. Me dormiré sabiendo
que la Naturaleza que me rodea recibe, una vez más, el galardón mayor en los
Juegos Florales del espacio. Y al despertar hallaré sobre la almohada el sobre
blanco que confirma la devoción de las cosechas. ¡Bendita sea la lluvia, mensajera
de Dios!
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