Sendas y surcos
¿Gobernabilidad, o... más de lo mismo?
Juan Héctor Vidal
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
jvidal@laprensa.com.sv
Es difícil encauzar a un país por la senda del progreso permanente, sin el
compromiso y la responsabilidad genuinos de la clase política alrededor de la
solución de sus grandes problemas. Esto equivale a decir que el tránsito de
cualquier sociedad hacia estadios superiores de desarrollo, tiene como premisa
básica la existencia, si no de un paradigma, por lo menos de una visión compartida
de sus dirigentes.
Naturalmente se puede ir sorteando las dificultades diarias con acuerdos de
conveniencia, y hasta dar incluso dar la impresión de que contribuyen a la gobernabilidad
y el progreso. Sin embargo, con frecuencia ellos sólo sirven para “salir del
paso” y para disfrazar las debilidades del mismo sistema político, para con-tribuir
a consolidar las instituciones en que descansa la democracia real, la fortaleza
económica y la convivencia armoniosa de un país.
En muchos sentidos, esto es lo que ocurre en El Salvador de hoy. Incluso se
nos antoja pensar que la dinámica inicial que provocó el Acuerdo de Paz, progresivamente
ha ido perdiendo impulso, lo que nos ha llevado a caer en una forma de rutina,
en donde el “irla pasando” se arraiga como forma de vida, adquiriendo su máxima
expresión justamente en la esfera política, que es en donde se delinean las
grandes avenidas del desarrollo o se erigen los obstáculos para nunca llegar
a la meta ambicionada.
Y el caso que con mayor propiedad ilustra esta situación, es lo que pasa en
la Asam- blea Legislativa. Nada de lo que ocurre en el llamado Primer Órgano
del Estado, contribuye a crear las condiciones que harían posible edificar una
sociedad cualitativamente distinta, porque todo gira alrededor de las conveniencias
partidarias, el clientelismo y el “trueque”.
Los espacios para el diálogo constructivo y la concertación, rara vez emergen
como un medio para la solución de los problemas nacionales. Por el contrario,
cualquier remota posibilidad de activar estos mecanismos para hacer política
de altura, se ve eclipsada por la confrontación, el protagonismo estéril y la
subordinación de los intereses nacionales al objetivo irrenunciable de destruir
al adversario.
Con la elección de las nuevas autoridades de la Asamblea Legislativa (aunque
por la misma dinámica política no había otra opción), se ha puesto una vez más
de manifiesto esta triste realidad. Con ella el gobierno tiene garantizado un
período de relativa calma y buenas relaciones para impulsar sus proyectos de
ley, que definitivamente contribuirán a hacerle menos pesada su gestión. La
pregunta que surge es: ¿a qué costo?
No obstante, hay que valorar el ofrecimiento del nuevo presidente de buscar
el entendimiento con todas las fuerzas políticas representadas en la Asamblea,
incluyendo a aquellos cuyo pensamiento y acciones no compaginan con el esfuerzo
democrático que realiza el país.
Aun así, las dudas sobre el papel de la nueva legislatura, no pueden ser ignoradas.
Y la razón es obvia. Con la actual correlación de fuerzas, el gobierno no necesita
concertar con la oposición en general, pero sí realizar pactos tácticos con
un partido que desde hace tiempo detenta un enorme poder, y no precisamente
como producto de su arraigo en el electorado.
Por ese motivo, aparentemente el gobierno no se hizo problemas con la elección
de las nuevas autoridades de la Asamblea, bajo la creencia –no necesariamente
compartida por la mayoría– de que así asegura la gobernabilidad. Todo esto hace
pensar que lo único que por momento tenemos garantizado es: más de lo mismo.
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