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REVISTA DOMINICAL

Historias sin cuento

Los dioses están ausentes

David Escobar Galindo
rdominical@laprensa.com.sv

TODOS los dioses están ausentes. Eso lo había pensado cada vez que llegaba la tribulación, cada vez que lo asaltaba la duda mayor: la de si valía la pena estar vivo, seguir estándolo. Pero esa noche Alberto era sólo un testigo de otra tragedia. Una tragedia que lo circunda, pero no lo impregna, y por eso es más humillante y atroz.

Se han ido los visitantes que llegaron a dar el pésame. La noche avanza sin escrúpulos, lluviosa y sofocante. Él estaba solo, porque María también se ha ido, envuelta en una espinosa nube de dolor. Alberto cierra los ojos y extiende las piernas. El sonido casi imperceptible de unos pasos le repercute en las profundidades de la conciencia, como si se tratara de un caballero con armadura.

–Buenas noches, Alberto.

Era una voz masculina, que Alberto no reconoce. Se puso de pie de inmediato, y la brusquedad del giro le deja la vista en negro. Se tambalea.

–Cuidado. No se agite.

La voz es amistosa, como de alguien que está en la interioridad de los detalles. Alberto va recuperando el contorno de las cosas, y tiene frente a sí a un hombre que le sonríe:

–Me llamo Elías. Elías Salomonis. Soy amigo de María Elena, su hija.

Esa referencia hace que Alberto recobre la serenidad. Vuelve a ser el amable receptor de los pésames:

–Mucho gusto, y gracias por venir.

–Siento mucho lo que ha ocurrido. Rolando estaba comenzando su camino. María Elena me habló mucho de él. Pese a todo, era un muchacho con porvenir.

Alberto no responde. El “pese a todo” le golpea interiormente las sienes.

–No quiero parecer impertinente, pero me siento como un amigo muy cercano a la familia.

Alberto lo invita a tomar asiento. Al fondo, el féretro es una isla muy distante, a la que nadie tiene la intención de dirigirse. Las llamitas de las velas, encerradas en sus copas de vidrio, enfatizan la sensación fantasmal.

–Muchas gracias por el interés.

–Sé que ustedes están pasando momentos difíciles.

–La muerte de un hijo es lo más duro, y sobre todo cuando es una muerte totalmente inesperada. Me imagino que sabe cómo fue.

–Tengo alguna información, sí.

–Una imprudencia, una terrible imprudencia. Creo que él ni siquiera conocía el mar. Nosotros nunca hemos sido dados a los paseos. Somos gente muy casera, muy de ciudad. Se dejó llevar por el impulso... Cosas del destino...

–¿Y usted sabía dónde estaba?

La pregunta, hecha con la más cuidadosa suavidad, contenía el filo de un reclamo. Alberto se defendió, poniéndose en guardia:

–Rolando ya era un adulto. Yo no le seguía los pasos.

Elías Salomonis sonrió. Iba por buen camino.

–Y como él salía muy poco, en realidad. Era un muchacho retraído.

–Vivía encerrado en la casa, hasta que pasó aquello...

–La desaparición de María, su esposa.

–También lo sabe. Ya veo que María Elena lo tiene al tanto.

–Espero que no le moleste. Ella me cuenta algunas de sus experiencias, y yo le doy mi opinión, con todo respeto. No soy quién para intervenir en sus vidas.

–La verdad es que no sabía que María Elena tuviera un consejero espiritual. Usted habla como un sacerdote. ¿A qué congregación pertenece?

Elías Salomonis transformó la sonrisa en una leve y cristalina carcajada, pero no entró en explicaciones, simplemente se refirió a sí mismo en forma casi humorística:

–No soy un enviado de Dios, sino un aliado del destino...

Y lo dijo con el tono necesario para que Alberto no lo creyera, dejándole la duda.

–¿Y usted qué piensa de lo que le pasó a mi hijo Rolando?

–Quería libertad, y no hallaba por dónde ir para encontrarla. En realidad, no es muy diferente a lo que nos pasa a todos –precisó Elías, entrando en materia.

–Yo lo animaba a que él por su cuenta saliera de sí mismo. Por eso tuvimos tantas diferencias. Quizás sentía que yo lo presionaba demasiado, y eso le creaba conflictos y resentimientos, y a mí también. Hubiera sido bueno que tuviera un consejero como usted...

–¿Quién? ¿Usted o Rolando?

–¡Rolando, por supuesto!

–Es comprensible –sonrió Elías, sabiendo que aquella frase y aquella sonrisa tendrían el efecto esperado.

–Usted no me considera un hombre inteligente, ¿verdad? –se crispó Alberto, con el reflejo de su natural manera de reaccionar.

–Lo considero un hombre desdichado –le respondió Elías, sin énfasis.

–Entonces, me desprecia.

–¿Por qué? La desdicha no es una culpa.

–Pero siempre parece nacer de la culpa. De sentirse culpable.

–¡Caramba, esa sí es una conclusión inteligente!

–Gracias.

–Alberto, ya sé que no logró convencer a María de que rehicieran la pareja. Ella está aprendiendo a estar sola, y en tanto no pase la prueba no va a cambiar de opinión.

–¿También es consejero de María? –le preguntó Alberto, con indisimulado sarcasmo.

–No se vaya por la tangente sardónica. No sirve de nada.

–Ya lo sé, ¿pero qué otra salida me queda? –se confesó Alberto, deponiendo cualquier intento de agresividad.

–Hay una persona que siempre lo ha estado esperando, no lo olvide.

–¡No lo puedo creer! ¡También sabe de Hortensia!

–A veces, lo que se impone es volver a los orígenes.

–Pero si las vidas son los ríos, como dice aquel poeta que se llama...

–Sí, sé cómo se llama.

–A mí no me gusta la poesía, que conste. No me dice nada. Y no me dan confianza las personas que andan leyendo esas cosas...

–Últimamente María, por ejemplo –lo picó Elías, que estaba en su salsa.

–Le decía lo de los ríos. Si las vidas son los ríos, no hay forma de volver a los orígenes, porque todos los ríos van hacia abajo, hacia el mar.

–¡Justamente! El mar es el origen de los ríos. ¿De dónde cree usted que se evaporan las aguas que forman las nubes, que luego se desprenden y forman las corrientes subterráneas?

Alberto no tuvo otra opción que reírse, admirado del ingenio de Elías.

–Mejor dígame qué piensa de Hortensia.

–Que está esperándolo, como acabo de decirle.

–¿Y qué significa estarme esperando?

–Que usted tiene otra oportunidad, esa que Rolando no tuvo.

Alberto se sobrecogió al oír aquella frase lapidaria. Elías Salomonis sabía dónde tocar.

–Yo tenía dos hijos, y ya sólo me queda María Elena. Ella, ¿cómo está?

–Bien, muy bien. No se preocupe por ella.

–¿Va a ser feliz?

–No lo sé. Eso ni Dios lo sabe. La felicidad es una invención tan personal que siempre resulta un enigma indescifrable.

–Me siento responsable por ella.

–Pero no vaya a transferirle ninguna culpa, por favor. Lo que le ha pasado a Rolando es cosa de él. Ni siquiera usted hubiera podido evitarlo.

–Pude tratarlo de otra manera, desde que nació.

–Pero eso ya no es arreglable. Entre un padre y un hijo no tiene por qué haber armonía. Aunque si no la hay, es deber del padre hacer lo necesario para que nadie resulte herido. Y para que sea posible primero hay que entenderlo así. Si usted no lo entendió, no pudo hacerlo. Digamos que falló el entendimiento. Usted es abogado, y la lógica debería ser su fuerte.

Era una lección expuesta con cierta dureza, no en el tono sino en el contenido. Alberto se rindió:

–Y aun en esas condiciones me está diciendo que hay una mujer que me espera.

–¿Por qué no? ¿Qué tiene que ver? Si no fuera por usted, sería por Hortensia. Ella se ha ganado el derecho a la compañía que siempre añoró. Aproveche la coyuntura, como hoy se diría.

–¿Y entonces cómo debo tomarlo? –pidió explicaciones Alberto, arisco aún a todo lo que lo condujera hacia algún punto de sí mismo.

–Como un regalo de los dioses, para darle un sentido mitológico.

–No me gusta esa imagen.

–¿Por qué?

–Porque los dioses están ausentes.

–¿Quién dice semejante cosa? –reacciona con un toque de desdén Elías Salomonis.

–Algún autor anónimo, de ésos que nunca dan la cara. Podría ser yo mismo.

–Dígaselo a Hortensia, a ver qué le contesta.

Y Elías le hacía a Alberto el gesto que significaba: Vaya de inmediato y pregúnteselo.


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