DonLuis Escalante Arce, un hombre ejemplar
David Escobar Galindo
Desde ayer ya no está entre nosotros don Luis Escalante Arce, dejándole al
país el legado imperecedero de una vida dedicada al trabajo infatigable y a
las iniciativas de bien. Pocos ciudadanos tan ilustres y representativos como
don Luis, cuya personalidad fue forjada en su hogar sonsonateco, en el que sus
padres —el abogado doctor Luis Antonio Escalante y doña Concha Arce y Rubio
de Escalante— dieron siempre ejemplo de virtud, armonía y devoción a la familia.
Perteneció don Luis a un linaje muy distinguido, ya que su madre era nieta
de Pedro Arce y Fagoaga —hermano menor del prócer Manuel José Arce y sobrino
de los Padres Aguilares y del Padre José Matías Delgado— y de doña Josefa Rascón
Cuéllar, hija de doña Vicenta Cuéllar de Rascón, una de las damas más caracterizadas
en el ambiente de comienzos del siglo XIX en Centroamérica. Sin embargo, el
carácter de don Luis, formado en la sencillez y la austeridad de la vida provinciana,
fue el propio de un ciudadano discreto, laborioso y siempre dispuesto a servir
a los demás. Pese a los timbres de honor de su origen familiar, la existencia
de este caballero excepcional estuvo marcada por la sobriedad de costumbres,
el firme apego a los valores más elevados y la disciplina del trabajo, en la
que puso siempre lo mejor de sí mismo.
En la adolescencia, don Luis viajó a Estados Unidos, en busca de un clima
más acorde con sus condiciones orgánicas; y ese contacto con una cultura más
avanzada y exigente le hizo conocer, de primera mano, la importancia fundamental
de prepararse para lograr la eficiencia personal, cualquiera que fuese la actividad
a la que hubiera de dedicarse. De regreso al país, en la primera mitad de los
años treinta, entró a laborar en la oficina de relaciones públicas de la Presidencia
de la República, cuando gobernaba el General Maximiliano Hernández Martínez.
Tuvo oportunidad de conocer, de una manera muy directa, la forma de ser y de
funcionar de aquel polémico Presidente, cuyo ejemplo de rigor, templanza y fortaleza
de ánimo sería imborrable para el joven de entonces, que estaba apenas abriéndose
camino entre los difíciles desafíos de la realidad.
Pasó luego al campo de la banca, donde haría carrera, y en el cual dejaría
una huella insuperable como hombre de inventiva innovadora, efectividad empresarial
y acrisolada dignidad moral. En este ámbito, la figura que le sirvió de paradigma
fue don Luis Alfaro Durán, de quien don Luis guardó, a lo largo de su dilatada
vida útil de noventa y tres años, el mejor y más fiel de los recuerdos.
En l956, don Luis se lanzó a la gran aventura de crear su propia institución
bancaria: el Banco Agrícola Comercial, con el propósito de abrir una nueva corriente
en la cultura bancaria nacional, que estaba reducida a los esquemas tradicionales,
tal como venían del siglo XIX. En contraste con el ya rancio concepto de que
la banca era para servir a los sectores de más alta capacidad económica, don
Luis impulsó, con no pocas resistencias tanto de la competencia como de las
instituciones oficiales, el ahorro popular, con lo cual no sólo iba al encuentro
de la inmensa masa de ciudadanos que jamás habían tenido acceso a una forma
organizada de ahorro, sino que hacía posible que su institución se fortaleciera
con esos fondos, para crecer y desarrollarse.
Tal iniciativa revolucionó, en su momento, la actividad bancaria en el país,
y abrió las puertas para el gran desarrollo posterior del sistema. Pero no sólo
hubo innovación en el plano del ahorro, sino también en la política de créditos.
Don Luis, como banquero de raza, tenía el don para conocer al cliente, con sus
debilidades y posibilidades. Y en ese sentido son incontables los ejemplos de
personas a quienes reorientó para evitar el fracaso o estimuló para promover
el éxito. Al frente del Banco Agrícola Comercial, don Luis Escalante Arce fue
uno de los grandes guías del sistema desde l956 hasta l980, cuando el desatino
de una pandilla de dizque reformistas implantó las presuntas “reformas estructurales”,
con la absurda pretensión de “quitarle banderas a la guerrilla”. La estatización
de la banca y del comercio exterior, unida a la “reforma agraria”, constituyen
uno de los capítulos más penosos y deplorables de nuestra historia reciente.
La mejor prueba del extraordinario trabajo de don Luis al frente de su banco
es el hecho evidente de que, diez años después del despojo de l980, al reprivatizarse
el sistema, el Banco Agrícola Comercial emergió como una institución de acrisolada
solidez, que ahora es un símbolo vivo del éxito empresarial salvadoreño en el
ámbito centroamericano e internacional.
La trayectoria de don Luis no se limitó a su misión como banquero. Hombre
de profundas inquietudes éticas y cívicas, impulsó proyectos como la Universidad
Doctor José Matías Delgado, de la que fue impulsor original, miembro fundador,
primer Presidente, Presidente honorario y Doctor Honoris Causa. El ideario personal
de don Luis, fundado en los más puros conceptos de libertad, moralidad y solidaridad
humana, fue la base de todas sus obras como ciudadano y como empresario. En
la pureza y perseverancia de ese ideario está de seguro el mérito mayor de este
admirable hombre de pro, que hizo el bien de muy diversas maneras, públicas
y privadas, sin reclamar nunca nada a cambio, según los cánones de conducta
de los caballeros clásicos.
Su esposa Martita, la compañera ideal de su vida, sus hijos María Teresa y
Luis, sus nietos, toda su familia, sus amigos, sus conocidos, y cuantos en algún
momento estuvieron en contacto con este personaje tan singular, que irradiaba
entereza, dignidad y cordialidad, lo recordarán para siempre. Ya no está presente
en persona, pero el aura de su espíritu noble y fecundo sigue viva, para ejemplo
de propios y extraños, de los que ahora estamos y de los que vendrán después.
Su epitafio podría ser perfectamente aquella frase que retrata a los seres llamados
a perdurar: Pertransiit benefaciendo. Pasó por la vida haciendo el bien.
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