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VIVIR

Comunicación familiar

Algunas de las características principales de una familia, deberían de ser la preponderancia del amor, la sinceridad y la tolerancia.

(Segunda parte)

Lic. Boris Barraza
Psicólogo

Lic. Boris Barraza
Psicólogo

Como resultado de mi columna de la semana pasada, me han formulado preguntas respecto de si no sería mejor que el hijo supiera la verdad sobre la situación que vive, es decir, contarle si el papá es el verdadero padre, o si es un hijo adoptado o si la verdadera mamá es otra persona, etc.

Comencemos diciendo que es muy importante la relación sanguínea de parentesco. Esto transmite a los hijos una sensación de protección y una obligación de respeto. A los padres les confiere de manera directa una autoridad disciplinaria y responsabilidad hacia sus hijos. Responsabilidad que, desgraciadamente, se evade con demasiada frecuencia en nuestro país.

Pero lo fundamental es el cariño que exista entre padres e hijos. Dicho en otros términos lo que une a la familia es el amor que haya entre ellos. Al menos esto es lo que esperaríamos fuera la característica principal de nuestras familias. Sin embargo, se conocen innumerables casos en que los padres tratan a sus hijos como si fueran sus peores enemigos. Su relación está cargada de odio, rencor, envidia y deseo incontenible de maltrato. También se conocen numerosos casos en que los hijos son los que maltratan a sus padres descargando sobre ellos un odio irracional e incontenible.

Quiero demostrar con esto que lo fundamental no es si los hijos son de la propia sangra, sino la entrega de amor que hagamos hacia esas criaturitas a las que llamaremos “hijo mío”. Amor que se demuestra con responsabilidad, atención y disciplina.

Ahora bien, si el hijo es adoptado o si se trata de un hijastro, ¿deberá o no saberlo? ¿Debemos decírselo desde el principio? ¿Es mejor esperar que sea mayor para que comprenda las cosas?

Esta situación no debe verse como un secreto pecaminoso que sea motivo de angustia para los padres y los demás miembros de la familia. Si el niño no ha cumplido los cuatro o cinco años es el mejor momento para hablar de este tema con él, tratando de exponer la verdad en un lenguaje que el niño comprenda y evitando contar historias que, por fantásticas, se vuelven inexplicables a medida que nuestros hijos crecen. Pero si ya ha llegado a los siete años es mejor evitar esta conversación hasta que cumpla los 20 ó 21 años.


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