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TRABAJO FAMILIAR. Los Hernández y sus familiares
se alistan para ingresar en el manglar El Perol, ubicado en
el puerto El Triunfo, Usulután, donde recolectan los moluscos.
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Trabajo infantil
El peso de una herencia cruel
En El Salvador, 450 mil niños, menores de 18 años, trabajan, según la Organización Internacional de Trabajo (OIT). De éstos, 30 mil realizan labores de “alto riesgo”. Erradicar algunas de las peores formas de trabajo infantil podría llevar un lustro, según el Instituto Salvadoreño de Protección al Menor.
Metzi Rosales
enfoques@laprensa.com.sv
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SIN PROTECCIÓN. Cindy Flores, de 12 años,
hurga en medio del fango y las raíces de los manglares en busca
de curiles. No utiliza guantes ni botas de hule o zapatos para proteger
sus manos y pies de los pedazos de concha y espinas que ya le han dejado
varias cicatrices.
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Es lunes. 8:00 de la mañana. Un millón y medio de niños comienza una nueva jornada escolar. Jéssica Hernández, de 10 años, en cambio, está a punto de entrar en el fango.
Ella, tres de sus siete hermanos, nueve primos y cuatro vecinos se acaban de bajar del bote que los trajo, junto a tres adultos, desde la isla San Sebastián, hasta el bosque salado “El Perol” en el Puerto El Triunfo, Usulután.
Ahí, en la ñanga, como le llaman, pasarán el resto de la mañana y parte de la tarde urgando en el lodo en busca curiles.
El pequeño batallón se repliega en la playa y coloca su equipaje sobre un banco de arena: un morral con una botella de agua y un manojo de puros. Algunos llevan un poco de comida.
Lo más molesto de pescar en la ñanga son esos jejenes que se las arreglan para picar en cualquier centímetro de piel que encuentren descubierto.
Pantalones, camisas de manga larga y suéter ayudan, pero no son suficiente. Hay que usar algún repelente de mosquito. Un tubo de aután sería ideal, pero si ella tuviera cuatro dólares en la bolsa no estuviera ahí.
En esta ocasión, su tía Ana Daysi, de 29 años, le aplica un ungüento de mentol en la cara, segura de que “su vapor ahuyenta a los jejenes”, pero irrita los ojos.
La necesidad es sin duda la madre de la inventiva, y en la guerra contra las picaduras de mosquito todo se vale, incluso aplicarse lejía.
Pero la técnica más antigua y de mayor reputación –al menos en efectividad– es la de fumar puros. El humo mantiene a raya a los jejenes.
Cindy, su prima de 12 años, da fe de ello: “Es la única forma de espantar los zancudos y los jejenes”, dice, pero, tal y como ella sabe, eso tiene un costo: “el humo me da dolor de cabeza”.
Por dos monedas
Jéssica, luego de bajarse del bote, dirige sus pies descalzos hacia al manglar; llega, los hunde en lodo. Se agacha, con sus dedos comienza a escrutar el lecho de la ñanga.
La experiencia de tres años en el oficio le ayuda a reconocer lo que está en el fondo: “Cuando siento algo peludito, es un curil”.
Yo intento seguir sus instrucciones. Meto mi mano derecha en el lodo y comienzo a buscar; sólo siento la viscosidad repugnante del lodo; cada vez que lo remuevo, más apesta.
Siento algo en mi dedo índice; algo agudo. Mi primera herida. En el fondo de la ñanga hay pedazos de concha, con orillas tan afiladas como una navaja, y espinas puntiagudas como agujas.
“Lo que no me gusta de curilear es que uno queda todo aruñado de los pies
y manos”, dice Jessica.
Ana Daysi, la tía de Jéssica, es la única que utiliza un guante al curilear;
dice que “los niños no usan porque no hay de su talla”.
Las manos y los pies de Jéssica están tatuadas de cicatrices; y la verdad es que si tuviera dinero para una botas de hule y unos guantes no estuviera aquí.
Sigo buscando en mis alrededores por unos minutos más, y luego hago lo mismo que el resto: me incorporo, descanso un poco el dolor de la espalda y me agacho en otro lugar.
Los curiles no son tan abundantes y hay agotadoras jornadas que terminan con saldos pírricos. Hay niños que tiene que volver a la ñanga por las noches, a luchar con mosquitos más agresivos, “alacranes de mar” y el sueño.
En la vecina isla de Méndez, los niños combaten el sueño con “fresco de café”, una mezcla de agua, dos sobres de café instantáneo, azúcar, dos pastillas supertiaminas y una sinsueño.
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UN TRABAJO MAL REMUNERADO. Los seis
curiles o conchas son comprados a dos colones.
Y la canasta de 60 moluscos a 20 colones.
Los toponeros se encargan de revenderlos en los
puertos a un precio más alto.
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EXTENUANTE. Los niños curileros trabajan entre
seis y ocho horas de lunes a domingo, escrutando
en el lodo una y otra vez en busca de un curil.
En un día recolectan entre 12 y 25 moluscos.
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Una investigación realizada por el Programa Internacional para la Erradicación
del Trabajo Infantil (IPEC), durante el 2001, explica que la mezcla de anfetaminas
y café ocasionan depresión mental, fatiga, dolores de cabeza, palpitaciones,
mareo, agitación, confusión, aprensión, delirio, trastornos mentales y alucinaciones.
Jéssica sigue impávida escrutando el lodo; saca la mano y me la muestra: la primera captura de la mañana. Coloca el curil en su morral, y sigue trabajando de inmediato. Necesita cinco más para ganar dos colones.
Una captura más, pero la concha es aún muy chica, es una curililla; Jéssica la observa; sabe que no la podrá vender.
Llega la hora del almuerzo, pero no hay qué comer. El modesto desayuno que tomó por la mañana, un camarón con huevo, será su único sustento hasta que vuelva a casa.
A las 2:00 de la tarde, Jéssica sale de ñanga con su botín de dos manos de curiles; las 12 conchas en manos de quien las captura en la ñanga valen cuatro colones; menos de dos monedas de 25 centavos de dólar.
Esas mismas 12 conchas, con un poco de salsa, tomate y chile, que después cuestan entre nueve y 10 dólares en la mesa de un restaurante.
A “burrear”
En esta, como en la mayoría de trabajos productivo primario, los intermediarios y los vendedores al detalle se llevan la mejor parte.
Pero la jornada no ha terminado para Jéssica; ahora comienza a caminar sobre la orilla de la playa en busca de “burros”, unas conchas más grandes que reconoce al contacto con la punta del pulgar de su pie.
Los “burros”, al igual que las curilillas, tienen menos valor monetario y casi siempre su destino final es la sartén de su casa.
Luego de “burrear”, la jornada llega a su final y los seis miembros de la familia Hernández que curiliaron este día –Jéssica sus papas y tres hermanos– hace la cuenta final: 120 curiles.
“Lo más que hacemos al día son 40 colones. Y a veces nos comemos lo poco que curileamos”, dice Nohemy, madre de los niños.
De hecho, la dieta diaria de los Hernández es abundante en mariscos, salvo por el café y pan que comen por las mañanas y los frijoles que compran ocasionalmente.
Los 40 colones, por supuesto, no son suficientes para comprarles ropa, calzado o medicina a los siete chicos.
Para ir a la unidad de salud más cercana, en Puerto El triunfo, necesitan viajar 8 kilómetros y pagar 10 colones al lanchero.
El servicio sanitario más cercano lo presta una ONG´s ahí mismo en la isla, pero el doctor puede llegar sólo una vez cada 15 días.
Los Hernández, rara vez logran comer esos exóticos manjares que están incluidos en canasta básica de alimentos: pan francés, tortillas, arroz, carnes, grasas, huevos, leche, frutas, fríjoles, verduras y azúcar.
Para comer de todos estos productos en las cantidades adecuadas, los Hernández necesitarían de un ingreso diario de 60 colones, sin tener que sacrificar la educación y salud de sus hijos.
Lo que queda del día
Después de una jornada agotadora, un buen chapuzón en el mar se pinta como un buen premio. Los niños, los varones, se dan ese pequeño lujo.
Jéssica y las demás niñas tienen que ayudar a lavar platos y ropa, barrer y arreglar la casa. Sólo entonces, finaliza su día. El siguiente inicia de la misma forma: curilear por la mañana, si la marea es baja, y labores domésticas al regresar.
“Nos toca trabajar bastante y casi no jugamos”, se queja Jéssica mientras tiende la ropa.
Un trabajo casi centenario
El trabajo de Jéssica y sus hermanos es una tradición familiar que vienen arrastrando ya cuatro generaciones.
Ana, su tatarabuela, comenzó a curilear allá por 1910, cuenta Nohemy, la madre de Jessica. El tatarabuelo, Eduviges, era pescador.
Desde entonces la historia ha sido más o menos la misma: los niños se vuelven curileros a los seis o siete años, y se dedican a ello hasta la adolescencia.
Van escasamente a la escuela y aprenden a pescar en el mar; luego hacen su propia familia y enseñan a su hijos a curilear.
Nohemy, por ejemplo, aprendió a los ocho años y ya les enseñó el oficio a seis de sus siete hijos: Elvi, Astún, Jéssica, Ana, Joselyn y Alexander. “A los seis años ya están listos para curilear”, dice Nohemy.
El tener dos años menos de la edad “promedio” para curilear no impide que Alexander, de cuatro años, vaya al manglar. Ni que José, el menor de todos, de dos años, los acompañe aunque no extraiga conchas.
“A veces no hay qué comer y todos tenemos que venir a curilear. Los traemos porque no hay quien los cuide. No podemos dejarlos solos”, justifica Nohemy.
Melva y Ericka, de 18 y 15 años, sobrinas de Nohemy, curilean desde que su padre perdió el brazo derecho mientras pescaba con explosivos.
“Él no nos dijo que trabajáramos; el dinero ya no alcanzaba y aquí no se puede trabajar de otra cosa”, comenta Melva, madre de dos pequeños. Ella asegura que no heredará a sus hijos ese trabajo, pero allá en el caserío el Cojoyón, las probabilidades de darles un mejor futuro son pocas.
Desencuentros
Los Hernández están inscritos en la Escuela Caserío El Cojoyón, la cual tiene una matrícula de 40 alumnos en parvularia, primero y segundo grado. Sólo hay una profesora.
Los chicos en una semana apenas van a clases en dos ocasiones, pero ni siquiera entonces aprovechan el tiempo al máximo, por las continuas ausencias de la maestra.
“Cuando no hay qué comer no van a estudiar porque tienen que ir a trabajar. Y cuando la niña Conchi –Concepción de Polío– no llega los llevó a curilear”, justifica Nohemy.
Elvi, de 12 años, es el único que no estudia. Sólo cursó primer grado. No continuó “porque no le gusta y porque peleaba con otros niños”.
Astún, de 11, Jéssica de 10 y Ana de ocho están repitiendo primer grado. Joselyn, 6, Alexander 4 y José, 2, van a kínder. Sólo los dos últimos niños, que acaba de comenzar sus estudios, no están demasiado grandes para el grado en que están matriculados, pero quizá pronto se retracen.
Los Hernández y sus primos volverán la próxima semana
a la ñanga, y la próxima también, a eso de las 8:00
de la mañana, la hora en que comienzan las clases en
las escuelas del país.
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