Vendimia
Otros mártires, otros tiempos
Cristian Villalta/Columnista
cultura@laprensa.com.sv
De todas las razones que aquellos criminales arguyeron, nadie recuerda ninguna.
El asesinato de los sacerdotes jesuitas no se debió sino a que pensaron, dijeron
lo que pensaron y defendieron lo que pensaron. Cuando se piensa, se dice y se
defiende lo que aquellos hombres, la tranquilidad, la integridad y, en aquellos
tiempos, la vida misma corren peligro.
Trece años después de aquella barbarie, la producción de víctimas continúa
como el principal rubro de la institucionalidad nacional, arriba del café y
de vetos, “revetos” y decretos.
Por supuesto, la patria es más accesible, y el Estado, más sutil. Hay espacio
para el debate –aunque son pocos los políticos con profundidad de pensamiento–;
las organizaciones sociales renacen sin pudor, gracias al presidente Flores,
y los héroes de la fábrica mediática ya no llevan uniforme militar o una barba
de reminiscencias caribeñas. No los hay, aparte del “Mágico” cuando sus promotores
lo dejan ser.
Es un “nuevo El Salvador” con los esquemas del viejo, a veces más “light”,
a veces más “cool”, con olor a fresas, pero también a la naftalina en la que
unos y otros –los mismos unos y otros desde que Salarrué era un cipote– conservan
métodos e idearios.
El tejido de la nación no cambia. El autoritarismo del que el Gobierno y la
oposición hacen gala, la anulación del dolor ciudadano –más aun, del dolor del
enfermo–, la falacia y la mentira convertidas en instrumento metodológico, todo
coadyuva para seguir produciendo víctimas.
Es más delicioso traducir la historia reciente en un cubito Maggi de consumo
voluntario que leerla con seriedad, sin apasionamientos ideológicos, y extraer
las moralejas, más evidentes que las de Esopo o Samaniego, sobre todo cuando
la fábula está escrita con sangre.
No hay que ser sabio para aprender de lo qué pasó en El Salvador. Es cierto,
hoy cualquiera (casi) dice lo que piensa, pero eso no garantiza la vida. Ni
la salud.
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