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REVISTA DOMINICAL

Las fuerzas en juego

Vencen la gravedad, desafían la resistencia del aire y llegan al límite de la capacidad humana para reaccionar. El triunfo de los deportistas sobre la física depende de factores tan dispares como su motivación, constitución muscular y hasta del tamaño de los dedos pulgares de sus pies.

[Por Verónica Vásquez. Fotos: Félix Amaya, Francisco Belloso y Archivo LPG]

El ciclista produce pequeños remolinos de aire tras él, lo que genera un área de baja presión. Su seguidor puede aprovecharla para avanzar con menos esfuerzo: la baja presión tira de él.
Los ciclistas conocen este fenómeno físico y se ponen en fila para romper la resistencia del aire sin mucho esfuerzo.

El cuerpo humano no está bien diseñado para romper la resistencia del viento. Pero si bien el aire es capaz de frenar el cuerpo, nada parece ser capaz de frenar el espíritu competitivo de los deportistas. Que se lo cuente Evelyn García. Considerada la “mejor ciclista salvadoreña”, el viento no le impidió ser triple medallista de oro en los Juegos Centroamericanos de 2001 con una marca de 2:05 minutos para los 200 metros contrarreloj.

El cuerpo tampoco está bien diseñado para vencer la fuerza de la gravedad. Enormes, pesados –y sin alas–, apenas podemos despegarnos unos centímetros del suelo al saltar. Bueno, los seres comunes y corrientes. Los deportistas son otra cosa.

¿Ejemplos? Los futbolistas cuando pelean una bola con la cabeza, los basquetbolistas cuando “la clavan” y ya no se diga los campeones de salto de altura: el récord mundial está en 2.38 metros. Pareciera que el cielo es el límite.

Los responsables de tales hazañas le deben mucho a su entrenamiento, a su dominio de la técnica y, quizá, a un cuerpo genéticamente “diseñado” para el deporte.

Pero la excelencia deportiva también nace de su dominio intuitivo sobre las magnitudes de la física clásica, planteada por Isaac Newton (1642-1727), que rigen tanto al ciclismo como al resto de deportes.

En el reino de la física

La longitud, la velocidad, la fuerza, la energía, los cambios en el movimiento, la potencia y la resistencia de los fluidos (aire o agua) son las magnitudes físicas que influyen en los deportes.

Un ejemplo: un beisbolista debe comer –balanceado– para tener energía. Con esa energía es capaz de realizar la actividad física necesaria para desarrollar su fuerza.

La fuerza es necesaria para imprimirle al bate una potencia que mandará la bola a los cielos, es decir, la acelerará y le dará una velocidad constante suficiente para romper la resistencia del viento. Resultado: jonrón y público enardecido.

Esa misma resistencia del aire es la que Evelyn García reta usando las técnicas, los atuendos y las bicicletas que la ayudan a ser más aerodinámica, venciendo también la fricción del suelo.

El ingeniero físico Ricardo Benavides lo explica de la siguiente manera: sin fricción no podríamos avanzar. Pensemos por un momento en las llantas lisas de un vehículo. ¿Qué les pasa? Se deslizan sobre el asfalto. “No agarran bien”, decimos. Para los ciclistas, si bien la fricción es importante para avanzar, también es uno de sus enemigos: a menos fricción, mayor velocidad.

Por eso las bicicletas usadas en las competencias de velocidad tienen llantas tan delgadas y bien infladas: mantienen en contacto con la pista sólo una pequeña área de su superficie para evitar una fricción excesiva.

Algo similar sucede a los atletas de pista y campo. Las corredoras salvadoreñas de 400 metros relevos Aura Amaya y Karla Hernández están entrenadas para correr apoyando sólo la punta de sus pies en la pista, el mínimo tiempo posible. Como si la pista las quemara.

Esto les ayuda a ganar tiempo, porque vencen la fricción y no gastan segundos valiosos en dar todo el paso. De hecho, hasta sus zapatos son especiales: tienen picos sólo en la punta.

Pero más que en el equipo que usan, la clave está en la postura. Inclinados sobre el manillar, los ciclistas reducen el área frontal de sus cuerpos: se vuelven más veloces –otra magnitud física– con menos esfuerzo, es decir que conservan mejor su energía, principio físico que también se aplica al deporte.

El aerodinamismo, sin embargo, no es exclusivo del ciclismo. Las manos extendidas como saetas, en los atletas, y la postura hidrodinámica, en los nadadores, también son muestra de ello.

Es cierto: el diseño del cuerpo humano no es aerodinámico, pero, ¿en verdad importa?

El ciclista produce pequeños remolinos de aire tras él, lo que genera un área de baja presión. Su seguidor puede aprovecharla para avanzar con menos esfuerzo: la baja presión tira de él. Los ciclistas conocen este fenómeno físico y se ponen en fila para romper la resistencia del aire sin mucho esfuerzo.


¿El triunfo de la química?

El dopaje es tan viejo como las competencias deportivas mismas. Los griegos crearon las Olimpiadas en el año 776 a.C. y también las drogas que incrementarían su desempeño atlético: hongos alucinógenos, que se sabe se utilizaban ya dese el siglo III a.C.

De hecho la palabra dopaje viene del alemán “doop” que hace referencia a un jugo de opio que usaban los griegos para combatir el dolor causado por el deporte.

Si la práctica se hubiera quedado en la antigüedad, muchas medallas seguirían en poder de sus ganadores y muchos escándalos y hasta muertes se habrían evitado.

El primer fallecimiento por uso de sustancias destinadas a mejorar el desempeño atlético se registró en 1886.

Un ciclista inglés tomó una sobredosis de una sustancia conocida sólo como “trimetil”, durante una carrera entre la ciudad de Burdeos y París.

Las sustancias siguieron usándose libremente hasta que las autoridades olímpicas publicaron una primera lista de sustancias prohibidas en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1968.

La prohibición coincidió con el desarrollo de la tecnología que permitiría detectar el uso de estas drogas.

La mezcla antideportiva

En esa lista ya figuraban los esteroides anabólicos sintetizados en 1930 y usados en la medicina en quienes tenían deficiencia de testosterona.

Esta hormona promueve la masculinización y forma tejidos, quiere decir: hace crecer los músculos más rápido y con menos esfuerzo.

Pero estos músculos no son precisamente fuertes. Poseen altas cantidades de agua y sal: se debilitan por la presencia de líquidos.

Algo similar ocurre cuando los deportistas toman hormonas del crecimiento humanas –originalmente creadas para ayudar a crecer a las personas destinadas a ser enanas–: tienen músculos más grandes pero no más fuertes.

Una variante de esta hormona se conoce como “la viagra de los corredores de velocidad” y combate la fatiga, mejorando el tiempo de recuperación del atleta.

Otra sustancias les dan más resistencia, mejoran su desempeño, hacen más rápido el metabolismo para quemar grasas o incrementan la rapidez en la síntesis de proteínas. Todo atractivo a los deportistas.

Tanto que muchos juegos se han definido por la droga que acaparó titulares: los olímpicos del clenbuterol (Barcelona, 1992) o los olímpicos del bromantan (Seúl, 1988), por mencionar algunos.

Es por eso que el doctor en medicina Gary Walder en su artículo “Dopaje en el deporte” se pregunta: “¿Estamos siendo testigos de un fenómeno en el que más que un triunfo del carácter estamos viendo un triunfo de la química?”.

El dopaje se ha convertido en una práctica desleal en las competencias deportivas que afecta a los atletas que sí entrenan de corazón. Derecha: Gabriela Cuéllar convierte sus piernas en resortes para vencer la gravedad en el salto de altura.


Anatomía de un deportista

Sin quitarse el zapato trate de recordar: ¿el dedo pulgar de su pie es más largo o más pequeño que el índice?Si es más largo puede que esté desperdiciando su potencial de atleta de 100 metros planos enfrente del televisor.

El desarrollo muscular es básico para el desempeño en cualquier deporte.

Los “dedos gordos” largos son una ventaja natural para los corredores, porque representan un apoyo firme en el suelo para el peso del cuerpo, lo que es indispensable para el momento del arranque. Además, el dedo pulgar es capaz de ejercer más fuerza que el índice.

Laberintos de la genética

Otro ejemplo de diferencias genéticas son las fibras musculares. Hoy se sabe que los músculos son como un conjunto de miles de fibras del grosor de un fideo.

Unas son fibras blancas rápidas, otras son las fibras rojas lentas y las terceras son las fibras intermedias.

Las primeras sirven para ejecutar movimientos repentinos y rápidos como la flecha o el contraataque de los esgrimistas o como las zancadas de un corredor de 100 metros planos.

Algunas investigaciones han demostrado que ciertas personas pueden nacer hasta con un 70% de fibras blancas, lo que las hace ideales para estas disciplinas.

Pero sólo porque sean lentas no significa que a las fibras rojas haya que hacerles el feo: éstas sirven para los esfuerzos sostenidos, para el rendimiento continuo. Los usan más los futbolistas y los que practican el triatlón, por ejemplo.

Entrenamiento y pasión

Pero la genética no es nada sin el entrenamiento, que le permite al deportista sacar el mayor provecho de sus ventajas naturales.

Un ejemplo es el béisbol. Hay lanzadores capaces de enviar la pelota a 152.8 kilómetros por hora. Una pelota a esa velocidad recorre los 18 metros que separan al lanzador del bateador en cuatro décimas de segundo.

El bateador tiene cuatro décimas para distinguir qué tipo de lanzamiento hizo el “pitcher” y en qué momento empezar a balancear el bate para impactar la pelota. Está justo en el límite de la capacidad humana para reaccionar.

La coordinación entre el ojo, el cerebro y el cuerpo y la forma en que la persona es capaz de calcular la posición de un objeto que se mueve tan rápido son habilidades humanas, pero que se desarrollan sólo con la práctica constante.

Lo mismo le sucede a los corredores. A través del entrenamiento, los atletas “aprenden” a contraer y estirar los músculos con la rapidez que requiere su disciplina.

Pero el entrenamiento no sólo significa repetir hasta el cansancio los movimientos que forman parte de una disciplina específica, también significa aumentar la fuerza de los músculos, porque la rapidez, la resistencia o la destreza no existen sin los músculos fuertes. Es por eso que los nadadores también hacen pesas, por ejemplo.

Pero ni siquiera los músculos fuertes garantizan un desempeño excepcional. El atleta también debe ponerle atención a la forma en que sus músculos se alimentan de energía en la competencia.

Gracias a los gimnasios, los términos aeróbico y anaeróbico se hicieron populares. Más que una modalidad de ejercicios, éstos se refieren a la forma en que los músculos reciben energía que les permite contraerse.

En los ejercicios aeróbicos (como el voleibol, el baloncesto, la maratón), los músculos se alimentan del oxígeno de la sangre.

En los anaeróbicos, los músculos reciben su energía del glicógeno (que se forma con la glucosa).

Cuando Donovan Bayley impuso los 9.84 segundos como récord de los 100 metros planos, en las Olimpíadas de Atlanta (1996), sus músculos no tuvieron tiempo para sacar energía del oxígeno de su sangre: es un ejercicio anaeróbico.

La genética y el entrenamiento juegan un papel, pero un campeón no se hace de dedos pulgares grandes: debe tener un deseo excepcional de competir y ganar.

Como lo señala la psicóloga española Nuria Pérez: “Es la única manera en que se pueden soportar las largas horas de entrenamiento y los sacrificios que han de hacerse para sobresalir en las competencias de alto nivel”.

El desarrollo muscular es básico para el desempeño en cualquier deporte.


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