El séptimo cielo
Mitomanía
Azahara Villacorta/Columnista
cultura@laprensa.com.sv
Supe de su gusto por los pedruscos que deslumbran en el anular más que en el corazón, de su colección de Rolls y de sus nueve matrimonios, que, malditos sean mis celos, ya son ganas de pasar por el
altar.
Y conocí de sus transpiraciones de “sex-symbol” cuando, recién llegada de su Hungría natal a la América de las oportunidades, se cambió el nombre, tan vulgar, por una onomatopeya del movimiento de sus
caderas para enamorar a Frank y a JFK.
No se distinguía su tinte platino del de tantas, pero, entonces, yo también la amé.
Poco me importó que sus escarceos con multimillonarios y aristócratas pesaran más en su currículo que su papel en “Moulin Rouge”, cincuenta años antes de que esa otra rubita insípida se aprendiese el
texto, que los titulares de los tabloides la acusaran de abofetear policías y, muchísimo menos, su fecha de nacimiento.
Recuerdo que las feministas se enfurecieron después de la publicación de su guía “Cómo cazar a un hombre” y que los ecologistas se quedaban hechos unos zorros cada vez que la veían aparecer en una fiesta
con una estola de martas cibelinas.
Nunca le reconocieron las unas su contribución a la liberación de la mujer (“No sé nada sobre sexo, y es porque siempre he estado casada”), ni los otros su denodada lucha a favor de la raza canina que
la llevó a los tribunales por negarse a volar con sus perritos enjaulados en lugar de en su regazo. Por no hablar de los presuntos intelectuales que la llamaban ignominiosa a causa de su marcada frivolidad
contracultural.
Zsa Zsa Gabor acaba de salir del coma en el hospital de las estrellas después de que el automóvil que conducía su peluquera se estrellase en su ruta de tiendas semanal. Desde el Cedars me contó, vía
telefónica, cómo logró escamotearles una botella de bourbon a las enfermeras para brindar a su glamour.
|