[ Opinión ]
Viajeros sin firma
Santiago Mendive/Jefe de Redacción
Acceden a los aviones con una ilusión sólo comparable con su esperanza. Son individuos que uno ve en la terminal del aeropuerto cargados de regalos y siempre con una actitud tan noble como humilde.
Hombres hechos a sí mismos con las esquirlas de la vida y esculpidos con el cincel de su propio esfuerzo.
Son esos tipos, esos hombres y mujeres de El Salvador, los que estos días han realizado su periplo anual desde Estados Unidos al país, y viceversa, recordándonos quizá que la patria nunca es el olvido
y que, como dijo el poeta, sólo puede amarse lo que se conoce.
Anteayer uno los vio allí, agrupados en la terminal del aeropuerto de Houston, esperando ese vuelo que los iba a trasladar a El Salvador en el Día de Reyes. Eran más de 100. La mayoría de ellos gente
humilde, de porte sencillo, que conformaban una estampa acaso paradójica en un aeropuerto en ebullición por el trasiego de ejecutivos sin tiempo.
En realidad son personas como ellas las que a pesar de su propia valía aún necesitan apoyarse aquí y allí, en la azafata misericorde y en otros viajeros que en pleno vuelo se sorprenden por peticiones
que generan un punto de tristeza:
-Perdone, ¿le importaría escribirme el papel de la aduana?, casi le suplicó a este periodista un viajero.
El hombre permanecía casi rígido en su asiento, acaso lamentando que con 39 años nadie le enseñó a escribir.
Otra viajera, sentada a la otra vera del periodista, pidió el mismo favor: “Es que no sé”. Y uno, tal vez confundido y con una gota de pena, les rellenó los formularios sin falsas sonrisas ni ademanes
extravagantes.
Sobraban las palabras y faltaba tiempo. El avión aterrizaba con los regalos. Y con los corazones de la esperanza.
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