De arenillas y chile verde
La corta vida democrática de El Salvador no ha sido un ejemplo de civismo, pero ha mejorado. Ya no hay insultos directos, pero aún hacen falta debates más serios.
Metzi Rosales/ Sara López/Blanca Abarca
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En la década de los ochenta, las caricaturas sarcásticas, la mofa y la ironía no merecieron multas por parte del Consejo Central de Elecciones (CCE). El ente
colegiado sólo instó a los partidos a bajar el tono confrontativo de sus campañas.
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La historia electoral de los últimos 18 años en el país ha estado marcada por incidentes de difamación, desprestigio, calumnias y abiertas confrontaciones entre los candidatos.
Los clásicos mitines y marchas más de una vez terminaron en una trifulca que le costó la vida a más de algún asistente.
Si bien desde 1984 se celebran elecciones libres en El Salvador, eso no significa que las campañas electorales sean una muestra de buena actitud cívica.
Las mentiras o las propuestas inviables de los candidatos son la parte más rosa de nuestra corta historia electoral.
En las elecciones municipales y legislativas de 1985, las primeras realizadas bajo el mando de un gobierno civil electo de forma democrática, la campaña electoral tuvo de todo, incluso el uso de fondos públicos para propaganda electoral.
El tono inicial moderado de la campaña se volvió confrontativo con el hallazgo de una avioneta con narcodólares, cuyo piloto tenía vínculos con políticos de PDC y ARENA.
El incidente es el detonante de una campaña de desprestigio e insultos que se convirtió en el pan de cada día.
El telón de fondo de esta confrontación eran las parodias musicales que demeritaban al contrario y el uso abusivo de pinta y pega.
Arenillas y chile verde
En 1988, la campaña fue peor; los votantes recibían una dosis diaria de caricaturas y burlas, a través de las llamadas “arenillas” y “chile verde”, que eran responsabilidad de los dos principales partidos políticos del país.
Los contenidos de las plataformas de gobierno, así como la idea de contar con un ente que regulara la conducta de los políticos, permanecían lejanos en el horizonte.
El Consejo Central de Elecciones (CCE) carecía de fuerza e independencia para sentar precedente en la materia, pese a los reiterados lamentos de los partidos.
En 1994, luego de los Acuerdos de Paz, la Asamblea aprueba una nueva versión del Código Electoral y surge la preocupación por promover una campaña “de altura”.
El artículo 228 de dicha normativa advierte que castigos de conformidad a las leyes comunes a quienes “injurien, difamen o calumnien, dirijan, promuevan o participen en desordenes públicos u ocasionen daños a la propiedad”.
En ese año, las elecciones presidenciales coincidieron con las legislativas y las municipales. Las campañas sucias siguieron, pero ahora los partidos ya no las hacían de forma directa, sino mediante instituciones afines. El Instituto Libertad y Democracia (ILYD) fue uno de ellos.
Las cosas, sin embargo, comenzaron a mejorar. En esta campaña se organizó por primera vez un debate entre candidatos, el cual estuvo patrocinado por el Centro de Estudios Democráticos (CEDEM).
Este hecho, sin embargo, no fue transmitido a la población en vivo; ni siquiera fue cubierto por la mayoría de medios de comunicación.
En 1997, los desplegados en los periódicos con la plataforma de gobierno de los partidos políticos ganan terreno a las caricaturas de desprestigio.
Las promesas sin sustento siguen siendo la regla, pero ya no los ataques políticos indiscriminados. “Se marca una diferencia en la forma de hacer campaña. Hay menos burla, es menos tosca y más publicitaria”, sostiene Luis González, director del Centro del Centro de Información, Documentación y Apoyo a la Investigación (CIDAI) de la Universidad Centroamericana (UCA).
Para las elecciones del 2000, ambos aspirantes ponen en práctica el manejo de la cámara de televisión, los “spots” publicitarios y el tono conciliador que suponía una nueva forma de venderse al público.
“Una forma más elegante, pero aún carente de contenido”, dice González, quien lamenta que las propuestas políticas se diluyan en en música y danzas promovidas por el marketing en boga a cargo de los asesores de imagen de los aspirantes.
Esto, sin embargo, no fue obstáculo para que se organizaran tres debates televisados, que obligaron a los candidatos a contestar, a hablar de sus propuestas, pero también de la forma en que las pretendían implementar.
El ausente
Enfoques intentó comunicarse con el actual edil capitalino, Héctor Silva, para conocer por qué algunas de sus propuestas electorales como el reordenamiento del centro histórico, la construcción de un centro comercial en la plaza Hula-Hula y otro en la plaza 14 de Julio y el
proyecto de recuperación de zonas críticas no han sido ejecutados. Fue en vano. El alcalde nunca contestó el teléfono porque está de vacaciones.
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