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CULTURA
[ Propia voz ]

Big Sur

Róger Lindo/Columnista
cultura@laprensa.com.sv

Nada sobrevive en Cannery Row del espeso olor a sardina y del trafago humano que inspiró la novela de John Steinbeck que puso a rodar tal nombre.

Hoy, Ocean View Avenue —su nombre oficial— es un paseo pretencioso con tiendas y restaurantes para turistas pudientes, cuya perla mayor es el lujoso museo oceanográfico, en el que el nombre del Premio Nobel de 1962 ha quedado registrado por otra de sus pasiones: la ciencia marina.

A principios de siglo, después del terremoto de San Francisco, un grupo de escritores y bohemios, entre ellos Sinclair Lewis y Jack London, se afincaron en la bahía como quien se posesiona del paraíso.

Tras la bohemia siguió ávida “the beautiful people” y la sobrepreciación de la tierra. Los personajes que poblaban las novelas de Steinbeck se convirtieron en la servidumbre de la nueva burguesía.

Hoy, Monterrey y Carmel existen para el gozo de las flamantes fortunas de Silicon Valley (hoy por cierto bastante mermadas). Tal vez en Big Sur, me digo al caer la tarde, quede un residuo de leyenda.

Henry Miller se refugió aquí entre 1944 y 1962 huyendo de la pesadilla de aire acondicionado. Eran los tiempos en que se podía pedir y dar aventón en la carretera, muy distintos a estos de universal desconfianza, aunque ya en 1968, el año de la publicación de “Big Sur and the Oranges of Hieronymus Bosch”, Jack Kerouac lamentaba la irremediable pérdida del paraíso.

Los escritores se han mudado y los bobos (“bohemian-bourgeois”) y los motoclistas se apoderaron del camino y de las mejores vistas.

Sin embargo, aunque ya nadie pide o da aventones en la carretera, desde las costas de Big Sur todavía se puede apreciar algo del tiempo perdido del planeta, y espiar el eterno retorno de las ballenas y sentirse uno mismo parte de ese viaje, uno en el que nunca se termina de llegar.


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