[ Opinión]
Migración y violencia
Juan José García/Columnista
departamento15@laprensa.com.sv
Bajo la concepción neomalthusiana, los flujos migratorios que han caracterizado
al mundo en los últimos años han producido, para los países expulsores de población,
bajos niveles de presión demográfica sobre los recursos sociales y económicos,
manteniendo a ritmos aceptables la conflictividad social, produciendo un balance
manejable entre crecimiento demográfico y los recursos de la sociedad para satisfacer
las necesidades de su población. Para Malthus, la migración era un mecanismo
de la sociedad para mantener su estabilidad, que aparecía sólo en aquellos momentos
dónde la conflictividad social ponía en peligro la gobernabilidad, dada la fuerte
competencia de la población por el control de los escasos recursos de la sociedad.
Así, la migración es la válvula de escape para restablecer el equilibrio social
y, por tanto, un fenómeno coyuntural que desaparece cuando la competencia social
llega a niveles manejables.
La reciente historia de la migración en El Salvador, ha desvirtuado la vieja
tesis neomalthusiana. En primer lugar, porque los flujos migratorios han dejado
de ser fenómenos meramente coyunturales que aparecen únicamente en momentos
de crisis social, para convertirse en elementos estructurales de la sociedad
y, por tanto, de carácter permanente e independiente de las causas que los originaron.
En segundo lugar, la migración, lejos de bajar los niveles de violencia social,
ha plantado nuevas formas de expresiones sociales violentas, como las maras
en su manifestación más cotidianas, de tal magnitud que ahora es tan peligroso
caminar por las calles de Soyapango, como lo era en los 80 caminar por las calles
de Las Vueltas en Chalatenango. Producto de este flujo migratorio permanente,
con flujos culturales bidireccionales, y en una sociedad con altos niveles de
emigración, en lo que va del año han ocurrido, en promedio, más muertes violentas
que en los peores días de la guerra civil.
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