Tribuna de redactores
El fin de la historia
Carlos Dada
Editor de Mundo
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El lunes pasado sucedió algo curioso que muy poca gente notó. En la entrada del Consejo de Seguridad de la ONU, en Nueva York, el tapiz del Guernica donado por Nelson Rockefeller amaneció cubierto por una enorme tela azul.
Un periodista de la agencia EFE sí lo notó, y cuestionó al vocero de Kofi Annan, Fred Eckhardt, por qué había sido tapada la reproducción aprobada por el mismísimo Picasso. Es el fondo apropiado para las cámaras,
respondió el vocero. No satisfecho aún, el periodista consiguió otra respuesta, de algún diplomático suspicaz: No sería conveniente que el embajador de Estados Unidos ante la ONU, John Negroponte, o el mismo (Colin) Powell, hable
de guerra rodeado de mujeres, niños y animales que gritan con horror y muestran el sufrimiento de un bombardeo.
Sí, se viene una guerra. Que nuevamente nos será presentada como un juego de video y mediáticamente será una sensación.
Pero allá abajo, en Bagdad y Basora, la escena será una repetición perpetua del Guernica, con gente de verdad muriendo abrasada por el infierno de las bombas a control remoto mientras intentan comprender qué demonios pasa en Bagdad.
La ONU está entre la espada y la pared: o accede a las obsesiones estadounidenses, con o sin justificaciones, o se condena a sí misma a perder toda credibilidad, toda influencia e incidencia en la comunidad internacional.
Bush lo dejó claro en su mensaje: puede escuchar, pero él toma las decisiones. Atrás quedó el Locksley Hall soñado por el poeta Tennyson, que Harry Truman solía portar siempre con él.
Y el riesgo, tan difícil de ver ante las obsesiones petroleras y de venganza personal del presidente Bush, es un mundo sin instituciones, sometido a los designios del todopoderoso, como en épocas que pensábamos dejadas atrás y que nunca fueron pretendidas
por anteriores presidentes estadounidenses.
Acaso la historia, esa materia tan poco apreciada últimamente, no fue capaz de plantarse con firmeza en el nuevo Washington para recordarle por qué Estados Unidos, siendo ya la nación más poderosa del planeta, creó la Liga de las Naciones,
y por qué el mundo civilizado acordó tomar las decisiones en conjunto: para cerciorarse de que al final triunfaría, por sobre los deseos de una parte, la razón humana.
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