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ENFOQUES

El líder norcoreano es raro y peligroso

El costo en vidas de la guerra

La inminente guerra en Iraq tendrá un enorme costo en vidas –y en dólares– difícil de calcular, todo depende de la duración de las hostilidades y del armamento involucrado. Incluso los escenarios modestos son escalofriantes.

Geoffrey Cowley/Newsweek
enfoques@laprensa.com.sv

FOTO DE LA PRENSA, POR AP

Sadam Husein es claramente un peligro contra la salud de su país y del mundo, pero la guerra presenta sus propios riesgos. ¿Qué tan graves son? Mientras el equipo de Bush se prepara para un asalto militar, los expertos extranjeros están luchando para calcular las pérdidas probables, no sólo en las tropas estadounidenses, sino entre los 26 millones de personas que resulta que viven en Iraq. Los mejores estimados de muertos, heridos y crisis humanitaria –contenidos en los nuevos reportes de las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y los expertos médicos independientes– no son de ninguna manera definitivos. Pero ninguno de ellos es atractivo.

Las bajas humanas son difíciles de predecir, pero sin duda se extenderían más allá de los campos de batalla. La Guerra del Golfo de 1991 mató a un estimado de 100,000 a 120,000 mil soldados iraquíes, junto con 3,500 a 15,000 civiles. Estudios muestran que 110,000 civiles adicionales –casi la mitad de ellos niños– murieron de enfermedades relacionadas con la guerra, de escasez de alimentos y de otras amenazas tan sólo en el primer año.

¿Cómo se compara esto a la guerra de W.? Las bajas humanas proyectadas van desde 48,000 a 260,000 (el número alto incluye 21 mil muertes por armas químicas y biológicas). Y una vez más, es probable que los civiles soporten lo más duro. Los nuevos reportes predicen que al destruir las bombas las redes de transporte y los sistemas de electricidad de Iraq, millones de personas perderán el acceso a medicina básica, alimentación adecuada y hasta a agua potable. Las consecuencias probables en salud van desde la desnutrición y la disentería hasta epidemias mortales de sarampión y meningitis. Los expertos están de acuerdo en que una invasión estadounidense también podría desencadenar una crisis de refugiados, una recesión económica y años de inestabilidad civil en Iraq y en los países vecinos.

Civiles vulnerables

El más escalofriante de los nuevos reportes no es una monografía publicada, sino un memorando interno de las Naciones Unidas que aborda los retos prácticos que una guerra le presentará a las agencias de socorro y ayuda. El documento de la ONU, obtenido por el “Times” de Londres en diciembre y hecho público este mes por un grupo humanitario llamado CASI, subraya que los civiles iraquíes son por mucho más vulnerables hoy de lo que eran durante la Guerra del Golfo de 1991, cuando la mayoría tenía empleo y servicios básicos. Una década de sanciones económicas desde entonces ha dejado a un 60% de la población dependiente de la canasta alimenticia distribuida por el gobierno iraquí, explica el memorando. Si el combate militar paraliza ese sistema, unos $3 millones de madres y de niños enfrentarán una escasez de alimentos horrenda, y los trabajadores de socorro no podrán llegar a todos ellos.

Basándose en datos de UNICEF y del Alto Comisionado para los Refugiados, de la ONU, el memorando predice que 7.4 millones de iraquíes requerirán algún tipo de asistencia humanitaria en el caso de una invasión liderada por Estados Unidos. Más de 5 millones necesitarán “alimentos”, y 2 millones “necesitarán alguna asistencia con techo”. Al mismo tiempo, 39% de la población “necesitará ser prevista de agua potable”, predice el memorando, y 500,000 personas podrían requerir tratamiento por lesiones. La administración Bush dice que sus planes posguerra incluyen ayuda humanitaria así como esfuerzos importantes para reconstruir la economía y las instituciones de Iraq. Ciertamente habrá mucho trabajo por hacer.

El otro costo

La intervención militar en Iraq, si es que finalmente sucede, podría costar entre 6,000 y 9,000 mil millones de dólares mensuales a Estados Unidos, estima la Oficina del Presupuesto del Congreso (CBO).

El CBO precisó que estas estimaciones se basan en cifras tomadas de operaciones precedentes en los Balcanes, Afganistán y durante la Guerra del Golfo de 1991.

“Emprender una guerra podría costar entre 6 y 9 mil millones de dólares al mes, sin que se pueda estimar la duración eventual de tal guerra”, indicó el CBO.

Un mes de hostilidades, sin embargo, es considerado por los expertos como un tiempo prudente para que Estados Unidos cumpla sus objetivos militares.

Tras el fin de las hostilidades, la repatriación de las fuerzas armadas norteamericanas a sus bases debería costar entre 5,000 y 7,000 mil millones de dólares.

Mantener una fuerza de ocupación en Iraq debería costar entre 1,000 y 4,000 mil millones de dólares al mes, sin tener en cuenta eventuales costos de reconstrucción o de ayuda financiera que Estados Unidos podría decidir al cabo de un conflicto armado.

Así que luchar un mes y replegarse costaría un mínimo 7,000 millones y 13,000 millones de dólares. Luego vendrían los costos de reconstrucción, si es que la guerra no pasa de un enfrentamiento convencional a uno con armas de destrucción masiva.

© 2003, Newsweek Inc.
Todos los derechos reservados.


“Que te disparen no es nada divertido”

Wayne Downing / Newsweek
enfoques@laprensa.com.sv

FOTO DE LA PRENSA, POR AFP

omo muchos soldados que hemos estado en combate, he pasado mi vida entera intentando suprimir muchos de mis recuerdos y de mis sentimientos sobre los eventos traumáticos que experimenté en el campo de batalla. Pero como comienza siempre la vieja historia de guerra: “Ahí estaba yo...”.

“La batalla es la recompensa”, es un viejo dicho del ejército que significa que toda la sangre, el sudor y las lágrimas que se gastan en el entrenamiento y en la preparación sólo son útiles si el soldado y la unidad pueden desempeñarse bajo fuego. Cada soldado, no importa qué tan bien entrenado esté, tiene un temor arraigado de que él o ella fallará al enfrentar al enemigo por primera vez.

Que te disparen no es nada divertido, y nunca me acostumbré a ello. Mi primera reacción ante el fuego enemigo en Vietnam fue la rabia: “¡Ese H.D.P. (Hijo de P...) está intentando matarme!” Y luego, “shock” absoluto mientras veía caer a nuestras primeras bajas.

De cada enfrentamiento que experimenté en Vietnam, recuerdo aquellas cosas que eran muy bulliciosas y confusas con el traqueteo de las armas, las explosiones de granadas y los gritos de los hombres. Un enfrentamiento de 10 minutos era como correr una maratón. Después de que se acababa la adrenalina, usualmente estaba exhausto, totalmente desgastado. Pero el día aún no había terminado. Tenía que ponerme la mochila de nuevo y continuar con la misión y continuar haciendo eso día tras día.

Alguien ha descrito el combate en Vietnam como días de aburrimiento absoluto interrumpidos por minutos de puro terror. Creo que eso es muy preciso. Con frecuencia patrullaba por días con mis soldados sin encontrar nada. Pero, en ese noveno o décimo día encontrábamos al enemigo o él nos encontraba y se desencadenaba el infierno, quizás para un enfrentamiento o para una batalla que duraba tres días. Nunca se sabía, y esto aumentaba la tensión. Un campo de batalla es impredecible. Estás opuesto a un soldado pensante, entrenado, que busca matarte antes de que puedas matarlo.

Como oficial de personal y comandante mayor sentí un tipo de temor distinto. Esta era la angustia mental, con frecuencia resaltada por aquellas ocasiones cuando estaba distante de la batalla, cuando pensaba que no estaba haciendo lo suficiente para ayudar a las tropas en contacto con el enemigo o que mis malos cálculos podían aumentar el peligro. Recuerdo el 3 de octubre de 1993, cuando Task Force Ranger estaba involucrado en una lucha de vida o muerte en Mogadiscio. Resulta que le hablé a mi amigo y comandante subordinado, Bill Garrison, esa mañana desde mi base en Tampa sin saber que ellos estaban en una batalla de vida o muerte. Cuando Bill llegó a la línea me informó que el segundo helicóptero acababa de caer y que estaba esforzándose por desarrollar opciones. Sentado a 8,000 millas de distancia de la Fuerza de Tarea bajo otro comandante regional, había poco que podía hacer para ofrecer aliento y apoyo. Era una situación miserable.

El temor sigue persiguiendo a un soldado de combate cuando retorna de batalla. Cuando regresé a casa después de mi primera ronda en 1966, experimenté muchos síntomas clásicos de depresión y paranoia, pero esto no era algo de lo que un “verdadero” hombre hablaba en ese entonces. La regla implícita era: trágatelo y sigue adelante. Hablando con mis amigos del Ejército en Fort Benning acerca de experiencias compartidas ayudaba, pero todos tomábamos demasiado y parrandeábamos demasiado fuerte; algunos cayeron en problemas de toda la vida con alcohol u otros tipos de adicciones. Hacia el final de la Guerra de Vietnam, el Ejército comenzó a reconocer el fenómeno y le dio un nombre: desorden de estrés postraumático. Pasaron años antes de que un tratamiento se hiciera general y aceptable.

El general Downing, es un ex asistente del Presidente en contraterrorismo.

© 2003, Newsweek Inc.
Todos los derechos reservados.


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