| “Esa guerra ni la quiero recordar, porque me chillaron por salvadoreño donde vivía, por unos malos vecinos”, recuerda el octogenario mientras limpia la milpa donde trabaja sobre una pequeña loma de Nueva Ocotepeque, Honduras, cerca del monumento que rememora una batalla de ambos
ejércitos en 1969.
Y todo porque otro campesino compañero de trabajo, que según él le tenía envidia por la preferencia del dueño de la finca hacia él, lo acusó aprovechando la coyuntura de guerra entre ambos países ante la tropa hondureña de ser salvadoreño para que lo tomaran preso.
Y en efecto, a pesar de sus documentos (de los cuales, recuerda, el soldado hizo caso omiso), García fue llevado preso a Tegucigalpa. Luego, por canje (presuntamente de presos de guerra), fue trasladado al ex cuartel El Zapote en El Salvador, donde permaneció 26 días.
La suerte le favoreció al no ser golpeado, no así otro hondureño que sí fue maltratado. “Allí un jefe me dijo que dijera la verdad, ¿y cuál es la verdad? Que yo soy de allá (Honduras). ¿Para qué les voy a decir que soy de aquí si no lo soy?”, relata aún con cierto dejo de disgusto.
Tiempo después, “me vinieron a botar a la frontera... y me dijeron: ‘Dios que te socorra’, y allí me soltaron”.
García regresó con su familia, que lo daba por muerto, y continuó su trabajo en la tierra (como lo sigue haciendo hoy). No sabe con exactitud por qué se dio esa guerra: “Por los infelices juegos”, se le viene a la cabeza. También él tenía buenos amigos salvadoreños en Citalá, en especial una
familia que le regalaba “ropita cuando yo estaba sin nada”, dice. No menciona si volvió a verlos.
Pero de algo está seguro, porque lo vivió en carne propia: “Las guerras son perras”.
" ‘Onde’ no le daba miedo a uno ver tanta tropa”
En una fresca tarde de julio en el tranquilo Citalá, a unos minutos de la frontera de El Poy, Blanca Luisa hace lo que su mamá le enseñó desde chiquita: dulces artesanales de nance y leche.
Y esos mismos dulces eran los que iba a vender a las tropas salvadoreñas cuando éstas acamparon en el pueblo durante su travesía hacia Honduras durante la Guerra de las Cien horas.
En ese tiempo no había televisión ni energía eléctrica en Citalá. Sólo radios. La abuela responde con un sincero “no sé” al preguntarle por qué se dio esa guerra. Y recordó que su familia, como otras personas, huyeron hacia las montañas cercanas buscando refugio, pero ella se quedó en el pueblo.
Aunque el Ejército hondureño no entró a Citalá, sí recuerda la bomba hondureña que cayó sobre una casa de adobe cerca de la iglesia (que aún está de pie).
“Dios guarde, eso fue tremendo, ’onde’ no le daba miedo a uno ver tanta tropa.” La misma tropa que recuerda que robaba, a la que le vendía minutas mientras descansaban en el parque teniendo de fondo el Peñón de Cayaguanca, y la misma que entraba a la iglesia del pueblo a rogarle a la Vírgen
de Concepción acompañarlos hasta lograr la victoria sobre sus vecinos hondureños. Los aviones surcaban el cielo.
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