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La característica sobresaliente del candidato del FMLN a la presidencia de la república es la perseverancia en sus principios. El ex comandante guerrillero Schafik Jorge Hándal ha sido miembro y secretario general del Partido Comunista Salvadoreño durante los últimos cincuenta y tantos años y, por su discurso y larga trayectoria, es fácil concluir que no es hoy que va a cambiar. Su partido es controlado por lo que se ha dado en llamar “el sector ortodoxo”, es decir, los conformes con la doctrina fundamental del sistema. No creo que un gobierno de esa percepción política sea lo que convenga a nuestro país.
El PCS surge como resultado de la revolución rusa de 1917. Poco antes y después de la Segunda Guerra Mundial, se da en los partidos comunistas una dependencia ignominiosa a los dictados de la Unión Soviética. Más tarde esta dependencia fue reemplazada por un vínculo privilegiado con Moscú, basado en un reconocimiento compartido de la revolución rusa y la tutela comunista. Dos factores adicionales siguieron el vínculo privilegiado: su naturaleza teleológica (es decir, su dedicación a la construcción de una sociedad distinta a la sociedad capitalista) y sus principios de organización interna, que aseguraba nombramientos en cargos internos bajo presión y represión del disentimiento, como lo hemos presenciado en El Salvador.
Durante la segunda mitad de la década de 1970, todos los comunicados públicos de los grupos que luego conformarían el FMLN prometían cambios radicales en la sociedad salvadoreña. Vitoreaban abiertamente al comunismo y prometían paredón a quienes se les opusieran. Fueron años de zozobra, cuando los secuestros y el crimen político eran la orden del día. Durante los 12 años del conflicto armado el mantra de los guerrilleros era precisamente los cambios prometidos. Al finalizar el conflicto se inició un desmembramiento de la fuerza política, que principia por la defección del comandante Joaquín Villalobos y sus similares. La depuración continúa y, con el tiempo, fuimos testigos de cómo los “ortodoxos”, dirigidos por Hándal, arrebatan el control de su partido.
El FMLN lo instituye y patrocina Fidel Castro, a finales de 1979 y principios de 1980, cuando convoca a los revolucionarios salvadoreños a La Habana para imbuirlos en sus objetivos revolucionarios, y a la vez persuadirlos que, separados, el movimiento insurgente estaba condenado al fracaso antes de iniciarse. Así organizados, los insurgentes establecen relaciones con varios Estados comunistas, incluyendo la Unión Soviética y sus dirigentes, que resultan en el suministro constante de pertrechos militares, principalmente de Cuba, a través de Nicaragua, todo con el propósito ulterior de derrocar al gobierno salvadoreño e imponer, en su lugar, un régimen
comunista sin apoyo popular, como lo demostró el fracaso de sus “ofensivas
finales”.
El principio del fin del comunismo soviético lo marca la institución de “perestroika”, en 1986, el programa de Mikhail Gorbachev de reestructuración económica, política y social, que llegó a ser el catalizador no intencionado para el desmantelamiento de lo que había tomado tres cuartos de siglo para constituir: el estado totalitario marxista leninista. Además de las reformas económicas, Gorbachev forjó un programa ambicioso de reformas políticas y sociales. El cambio más dramático fue la adopción del programa “glasnost” (franqueza o actitud abierta) respecto a los asuntos públicos. El mundo observó admirado, si bien incrédulo, el retiro de las fuerzas soviéticas de Afganistán, gobiernos democráticos derrocando a regímenes comunistas en Europa oriental, la disolución del Pacto de Varsovia y el fin abrupto de la guerra fría.
Pero Gorbachev no estuvo solo. Las estratégicas intervenciones del presidente Ronald Reagan de los Estados Unidos y del papa Juan Pablo II contribuyeron grandemente al desplome del comunismo. De hecho, Gorbachev, refiriéndose a sus programas de reforma, dijo: “No hubieran sido posibles sin el Papa”. Más tarde, el 9 de noviembre de 1989 el Muro de Berlín, símbolo
de la opresión comunista y separador de dos culturas hermanas gemelas, cae
estrepitosamente.
A pesar de todos estos movimientos renovadores, los ortodoxos salvadoreños se mantienen incólumes en su ideología, aunque tratan de disfrazarla con fines políticos, difíciles de aceptar ante la trayectoria histórica de su máximo líder. En este caso solamente una denuncia de sus principios comunistas hecha públicamente por el candidato Hándal daría credibilidad a sus manifiestas
intenciones.
La última prueba del poder hegemónico que los ortodoxos mantienen en su partido la dan cuando aíslan el esfuerzo de otros grupos menos contenciosos y maniobran para derrotar en elecciones primarias al contendiente más próximo del Sr. Hándal.
Finalmente, con ruegos de que la señora de Hándal me disculpe, se me hace imposible aceptar a una dama soviética como Primera Dama de El Salvador y presidenta de la Secretaría Nacional de la Familia.
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