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“Karlísima” muestra algunas de sus obras en su estudio.
“Karlísima”, los colores de una pasión
Leonardo Míndez
cultura@laprensa.com.sv

La joven pintora salvadoreña triunfa en Washington y expone sus obras en Estados Unidos y Europa.

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Algunos datos

Nació el 23 de marzo de 1970 en San Salvador.

Un coleccionista pagó 10 mil dólares por su cuadro “Chanting om”.

Los últimos dos años fue nominada para los Mayor’s Arts Awards, galardones otorgados por el alcalde de Washington a los artistas destacados.

No visita El Salvador desde 1996. “Por suerte, mi papá vendrá de visita dentro de poco.”

Este año viajará a Nueva York y a Berlín, Alemania, a exponer sus cuadros.

Para contactarse con ella y conocer más de su obra, se puede visitar su página web: www.karlisima.com.

En el hostil invierno de la capital norteamericana, el único lugar en el que parecen florecer los árboles y las plantas es en la casa-estudio de Karla Rodas, en Adams Morgan. Abre la puerta y un vergel de colores salta a los ojos.

Cada pared de ese apartamento recuerda una ventana de la finca de su abuelo, en Sonsonate, donde pasó los veranos de su infancia y conoció los paisajes que la marcaron para siempre.

Sólo otro momento se acerca en intensidad en su memoria. El de aquellas tardes en que ella y sus hermanos acompañaban a su mamá, la poeta Mayamérica Cortez, a tomar clases con José Mejía Vides, uno de los grandes pintores nacionales.

Don José le daba unas acuarelas a los niños para entretenerlos, y así empezó Karla, a los cuatro años, a plasmar sus fantasías en el papel. Desde entonces, todos sus recuerdos tienen forma de lápiz o de pincel.

Se pasaba horas mirando los libros de los grandes pintores del Renacimiento que había en su casa de San Salvador. Comenzó a tomar clases con Armando Solís y se convirtió en la “dibujante oficial” en su escuela.


Arte en el exilio

Pero con el conflicto, Mayamérica debió viajar a Estados Unidos. Cuatro años después Karla y sus dos hermanos se le unieron.

Al poco tiempo, llamó la atención de sus profesores en la secundaria. “Una profesora vio mis dibujos y me impulsó a que siguiera estudios de arte.”

Entonces, se fue becada a la Universidad Washington, en San Luis, Misuri.

Pero quizás lo más sorpresivo que le dejó su paso por la universidad fue su nuevo nombre: “Un compañero oriental un día me rebautizó como ‘Karlísima’. Me divirtió y me gustó tanto que decidí quedármelo”.

A partir de entonces, ésa es la firma que lleva cada uno de sus cuadros, que han pasado por bares hasta llegar a los pasillos de la OEA, galerías de arte y museos, y colecciones privadas de América y Europa.

“Como decía Diego Rivera, el arte es para el pueblo. Me gusta que mi obra llegue a los museos, pero además quiero que esté disponible en lugares a los que todo el mundo pueda acceder”, asegura.



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