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[Miradas]
Maneras de contar
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Antes de Egdar Allan Poe y de Antón Chejov el cuento era un género
literario cuya rigurosa estructura –exposición, nudo y desenlace–,
era inviolable. El final, por supuesto, tenía la obligación
de ser sorpresivo. Aquellos maestros primero, y luego Borges, Cortázar,
Rulfo y Tito Monterroso, entre otros, se rebelaron contra la norma clásica
y propusieron nuevas y diversas formas.
A estas alturas, el cuento es ya un género más bien indefinible cuyas fronteras se confunden con las del aforismo, el ensayo, el poema y aún el retruécano o el chiste. Pero hay algo que ha permanecido inmutable pese al vértigo de las renovaciones formales: ejecutar un cuento es básicamente “contar” algo que emociona o conmueve al lector.
Esa es la sustancia. Ese algo puede ser rural o urbano, realista o fantástico, histórico o cotidiano, sociológico o psicológico, antiguo o moderno. No hay límite temático ni formal. En rigor, no hay fórmula posible a estas alturas. Sólo esa exigencia, insisto: cuéntame algo que me emocione o me conmueva.
A Tito Monterroso, por ejemplo, le bastaron siete u ocho palabras para componer uno de los mejores cuentos en la historia de la literatura universal: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Con unas cuantas palabras más, nuestro Ricardo Castrorrivas, en su libro “Teoría para lograr la inmortalidad”, logra impactarnos para siempre con “El primer cuento”: esto sucedió hace millones de años... Ulk tomó a su hijito de la mano, le mostró el reflejo de la luna sobre las aguas del río y emitió un gruñido.
También Roque Dalton, en falsa clave de poema, eleva su finísma ironía a esas cumbres narrativas, cuando propone un insólito titular de prensa que, en seis palabras, resume toda una historia literaria: “Joven cuentista sometido a violenta descortarización”.
¿Qué es un cuento?: si me lo preguntan lo ignoro. Cuando lo leo, lo sé.
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