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El escenario en la representación de la obra. El arte de “pilear”
Jorge Ávalos
cultura@laprensa.com.sv

Juan Miguel Molina es el hombre detrás del vestuario y la escenografía de la obra teatral “Por delante y por detrás”, que cumple su tercera semana en cartelera.

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Juan Miguel Molina, diseñador del vestuario y la escenografía.

Vicky, de los impuestos.

Paco, el tramoyista.

Presentaciones

Obra: “Por delante y por detrás”.
Compañía: Proyecto Sueño.

Dirección: Roberto Salomón.
Escenografía y vestuario: Juan Miguel Molina.
Elenco: Regina Cañas, Leandro Sánchez, Herberth Quezada, Karen Castillo, Meybel Molina, Francisco Cabrera, Dinora Cañénguez, Juan Barrera y Fernando Rodríguez.

Fechas: 19, 20 y 24 al 27 de marzo.
Hora: 8:00 p.m.
Entradas: $5, general; $3, estudiantes.

 

En 1970, un comercial de televisión hizo famosa la línea: “¿Cuál es la pila?” Y en la década siguiente, la palabra “pila” reemplazó la palabra “onda” para indicar lo actual, lo nuevo. En algún momento, el director teatral Roberto Salomón comenzó a usar esa palabra como un verbo, y “pilear” se hizo sinónimo de idear respuestas escénicas: de jugar con imágenes y palabras para generar soluciones creativas para sus montajes teatrales.

Para Juan Miguel Molina, la oportunidad de “pilear con Robi” de nuevo fue mucho más que un trabajo. “Robi”, dice Molina, “es mi padre espiritual. He trabajado con él desde 1975”. Y se ríe: “He crecido desde entonces”.

Molina, el actor y artista que hizo realidad la concepción visual de la obra “Por delante y por detrás”, creyó, hace unos años, que no volvería a hacer teatro. Después de una larga y productiva estadía en Europa cometió el error, confiesa, de irse a Nueva York. “Allí, entré en una etapa alcohólica y depresiva en la que me convertí en un técnico en aire acondicionado. No estaba en lo mío. Eso sí, siempre hice bien mi trabajo.”

Esa etapa terminó el día que se le ocurrió preguntarle a Salomón cuándo volverían a hacer teatro. Pesaba 180 libras y estaba fuera de forma. Salomón lo desafió con una respuesta muy dura: “Por el camino que vas, cuando estés en una silla de ruedas”.

Molina abandonó Nueva York y se mudó a Brasil. En cinco meses, en preparación para integrarse al elenco de “La señorita de Tacna”, rebajó 30 libras. Un incidente inesperado le impidió regresar a tiempo, pero esa espera lo llevó a una situación emocional nueva.

“Sentí envidia, una envidia positiva de querer estar en El Salvador haciendo teatro, de vivir ese momento tan rico, ese sueño.”

Y entonces llegó otra oportunidad, pero esta vez como artista visual, no como actor. Y Molina y Salomón comenzaron a “pilear” “Por delante y por detrás”. “No te hagás ilusiones”, le dijo Robi, “tenés que meter todo esto en un espacio de 5.45 x 8.70 metros”.

Era un formidable reto. El escenario pedía la representación de una amplia casa de dos pisos, un pasillo con habitaciones múltiples, una sala, una cocina y un estudio. Se necesitaban al menos siete puertas para las secuencias de entradas y salidas. Por si fuera poco, la escenografía tenía que ser reversible.

Por otro lado, Molina tenía que diseñar el vestuario para las nueve personas que forman una compañía de teatro, incluyendo los seis excéntricos personajes de una comedia de enredos que la compañía está montando.

“El teatro es un arte de ilusiones”, añade, “cuando el texto dice que un personaje sube las escaleras al segundo piso, en este montaje suben dos escalones para llegar a un pasillo que está a 45 centímetros del piso. Como dice Robi: tenemos que vender un burro como si fuera un caballo árabe”.

“Hubiera querido tener una costurera”, dice Molina entre risas, “pero a falta de eso llegamos a otra solución creativa: el estampado de los vestuarios fue pintado directamente sobre ropas compradas en una baratería”.

En la obra, los vestuarios y la escenografía en combinación son el “burro” que ayuda a que el público comprenda las fronteras entre el mundo de la ilusión y el mundo de la realidad. Pero ese entorno artificial es un medio: debe llevarse a la vida, y son los actores quienes tienen la titánica labor de convertir ese burro en un caballo árabe. “Los actores”, dice Molina, “han sido una parte importante en el proceso de decisión de la escenografía y los vestuarios. Eso es parte del arte de un director: es un espacio de participación que Robi le da a los actores”.

Cuando Dinorah Cañénguez se quejó de que las cintas de sus zapatos le molestaban, Robi le permitió usar calcetines, pero estos tenían que ser rosados.

“Este proceso colectivo, tan propio del teatro”, asegura Molina, “no quita nada a la visión artística, sino que la enriquece. Pero uno nunca queda satisfecho. En este caso no estoy del todo satisfecho, y eso es bueno, es muy bueno porque entonces me queda el hambre, la expectativa de volver a ‘pilear’”.



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