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[Palabras elementales]
El secreto
de Hitler
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No juzgar a nadie por lo que es sino por lo que hace, debiera ser una civilizada
norma de convivencia. En muchos ámbitos vitales, nadie elige su ser;
pero sí su hacer. La raza, la orientación sexual, el color,
la estatura, el lugar de nacimiento, y más, son notas con las que
viene un hombre o una mujer y sobre las que no hay responsabilidad de elección.
¿Alguien elige ser blanco o negro? ¿Nacer en Europa o en América?
En cambio, violar, matar, calumniar, secuestrar, robar, y más son
elecciones con peso de responsabilidad. Se elige matar a zutano, violar
a mengana, difamar a tal.
Lo paradójico es que se exculpa el voluntario hacer y se condena el involuntario ser. Por ser lo que es, se condena al negro, al latino, al hombre o a la mujer homoerotistas, al discapacitado de nacimiento. A sabiendas de lo que hace, se exculpa al asesino, al secuestrador, y a toda una gama de voluntarios malandros. “En tiempos de las bárbaras naciones,/ colgaban de las cruces los ladrones;/ pero ahora, en el siglo de las luces,/ del pecho del ladrón cuelgan las cruces”. Así declaran unos versos, al dar cuenta de esta paradoja moral.
Hitler y algunos de la élite del Tercer Reich –santos patronos de violentos y violentas– fueron homosexuales. Cuando eso se muestra en “El secreto de Hitler”, el libro de Lothar Machtan (Planeta, España, 2001), nadie debiera escandalizarse. Debiera hacerlo, sí, por otra razón: porque Hitler y sus adláteres, para disimular su realidad, persiguieron y asesinaron a otros de similar tendencia, y porque, en consciente elección, repartieron la muerte entre millones de judíos.
Por contraste, uno recuerda, por ejemplo, a Rudolf Nureyev. Él también tuvo una sexualidad como la de Hitler. Pero Nureyev no escamoteó su verdad, y se pasó la vida creando belleza con la danza. ¿Quién fue mejor por lo que hizo, entre estos seres en algo similares?
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