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Debo decir adiós a mis lectores. Algunos signos en el aire me indican
que es tiempo de interrumpir la publicación de mis impertinencias.
Y lo hago agradeciendo, en primer lugar, la generosa hospitalidad de LA
PRENSA GRÁFICA, a las palabras de cuyo inolvidable fundador, don
José Dutriz, he procurado ceñirme religiosamente: “La principal
misión del periodista es decir al pueblo la verdad, y su más
imperiosa necesidad es lograr ser independiente”. Muchas gracias, de todo
corazón.
Se aproximan tiempos difíciles, y atrapado como estoy dentro de una institución situada en el centro del torbellino, debo concentrar mis esfuerzos en coadyuvar en la salvación de la institucionalidad del país. Hace más de veinte años encabecé un pequeño partido político que el viento se llevó, cuyo significativo emblema era una flecha en posición vertical. Se llamó Acción Democrática y su lema de campaña fue: “Vendrán días mejores”. Se hundió aquel partido —pequeño como todo germen— entre los embravecidos oleajes de la letal polarización existente, y recibió la estocada final de algunos militantes impacientes que se precipitaron tras el bíblico plato de lentejas. Aquel lema ya no podría enarbolarse. Al revés, la cruda realidad nos indica ahora que vendrán tiempos difíciles.
Aprestémonos, pues, con las fuerzas que nos quedan, a reafirmar nuestras posiciones, entre las cuales están, en lo que a mí concierne, la defensa de la Constitución; la exaltación de los Acuerdos de Paz, que abrieron un nuevo horizonte para la república; y el rescate de la postrada administración de justicia, en cuya órbita me muevo.
Por supuesto que hay mucho que corregir en el orden jurídico nacional. Pero lo que más urge es cambiar la actitud de los hombres, y disparar hacia arriba la cultura y el civismo individuales y colectivos. Al fin y al cabo, como lo hemos afirmado tantas veces, son ellos los que hacen las instituciones, y una voluntad firme y continuada, unida a unas gotas de orgullo nacional, bien podrían producir el milagro político, económico y social que Ludwing Erhard resumió en una sola frase: “Bienestar para
todos”.
Es difícil encontrar el rumbo promisorio de la historia cuando un ciego egoísmo, público o privado, indiferente ante el complejo espectro nacional, vela sólo por sus intereses y cierra los caminos del progreso solidario. Dentro de dos días despejaremos una incógnita crucial, y sabremos a quién exigirle una dirección ejecutiva firme, ecuánime, visionaria y competente.
Esa dirección está faltando en todos los Órganos del Estado, sin que podamos excluir al Judicial. La administración de justicia causa la impresión de marchar a la deriva. Ella es, sin embargo, la columna vertebral del Estado de Derecho y, encontrándose bajo un asedio intenso y permanente, mayor es la necesidad de que muestre eficacia, consistencia, prontitud y transparencia. Fortalecer el Órgano Judicial y todo el aparato de administración de justicia del Estado se evidencia como la más urgente tarea de nuestros días. Resulta verdaderamente inexplicable y deplorable, por eso, el letargo de sus máximas autoridades ante la necesidad de poner inmediatamente manos a la obra.
El horizonte es sombrío y las nubes están cargadas de oscuros presagios. Pero no debemos rendirnos al pesimismo. Al contrario, cada quien debe ocupar su puesto en la batalla cívica cotidiana. Con vigor, con determinación, con perseverancia, con valentía. “La virtud está en ser tranquilo y fuerte —nos recuerda el inmortal Rubén Darío— con el fuego interior todo se abraza/ se triunfa del rencor y de la muerte/ y hacia Belén… ¡la caravana pasa!”
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