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Flaco, muy flaco, es el perro que me ladra todas las mañanas.
Lo hace como si yo le debiera algo. Saca el hocico por la defensa y asusta
a medio pasaje.
El primer día estuve a punto de ladrarle más fuerte (darle
una soberana patada, pues), porque casi me bota la mollera.
El chucho es un híbrido maligno entre dóberman y aguacatero:
largo, liso, trompudo.
No sé si le darán guarito a este condenado, pero "grita"
como borrachín playero.
La dueña lo saca en las mañanas a hacer lo que nadie puede
hacer por él, pero este desgraciado es un amor. Sólo ladra
y no muerde. Así fueran todos los chuchos, pero no dejo de pensar
en la fiera que mordió el rostro de la niña en Santa Tecla.
La dueña le llama Fido, pero mi hijo Pablo, aficionado al Real
Madrid, lo apoda Figo.
Flaco es el sobrenombre de Luis Alberto Spinetta, el pionero más
brillante del rock argentino. Aunque en la casa conocimos al Flaco hasta
en los noventa, su música es tan hermosa, que hemos logrado reunir
25 de sus discos.
Tierno, lindando en lo sublime, sus líricas son un corrientazo
eléctrico directo a nuestra fantasía. Vi su concierto en
Costa Rica el año pasado y regresé al país quemado
de mi piel.
Era una noche lluviosa, pero el Flaco fue un sol que nos chamuscó
para siempre.
Flaco me ve medio mundo, luego de bajar 25 libras. La gente acostumbrada
a verme cachetón y con llantas es la más extrañada.
Es el amor el que me tiene así, contesto en broma, porque si le
cuento a cada quien sobre los asesinos silenciosos que son el colesterol
y los triglicéridos, nadie volvería a comer. Me volví
un poco vegetariano y evito lo extremadamente grasoso.
Flaca es el hambre que toca las puertas de media humanidad, y nadie
quiere abrirle. Hoy no vamos a querer, se escucha decir.
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