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Esta noche es de gala. Nuevos talentos
que se abren camino en las letras serán reconocidos por LA PRENSA
GRÁFICA tras haber ganado el concurso Letras Nuevas.
Dan con ello sus primeros pasos en el mundo literario, con el aval de
reconocidos hombres de letras centroamericanos interesados, según
parece, en el abordaje libre de temáticas contemporáneas;
de las inquietudes de una nueva generación de posguerra que parece
fresca y distante a sus antecesores.
Hoy reciben, pues, su bienvenida al mundo de las letras, con padrinos
de lujo y con fiesta y lectores asegurados.
Mañana, con la resaca del atrevimiento, vendrá la hora
de reflexionar sobre su hazaña, sobre el valor de los premios,
los quince minutos de fama, el viaje de las letras y la infinidad de palabras
que tendrán que ir desfilando ante sus ojos y por su pluma antes
de llamarse, verdaderamente, escritores.
He leído los trabajos ganadores, y las entrevistas con sus autores
publicadas en esta sección; y le tomo la palabra al autor de la
mención honorífica en la rama de poesía, Manuel Guzmán,
quien dice que hace poesía para que se la hagan pedazos.
Muy bien. Y él, y todos los demás laureados hoy, deberán
asumir que, si quieren llegar de verdad a destacarse en la literatura,
les esperan mucho trabajo y lectores que los hagan pedazos.
Al menos Guzmán inicia con buen pie, con la actitud correcta.
Han sido premiados porque se ha visto un germen, un esbozo, un juego
interesante de palabras, una estructura unida por algún puente
sorpresivo... un guiño acaso de talento. No, desde luego, porque
sus trabajos sean grandes obras literarias.
Y lo de hoy, pues, la premiación y las copas y las luces de bengala
marcan un punto de partida, no de llegada.
Vuelo porque un día a Dios se le ocurrió darme alas,
dice uno de los poemas ganadores. Ojalá, ojalá. Por hoy,
con la premiación encima, muchas felicidades.
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