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Solamente hay dos personas en el comedor. Él y yo. Él está a dos mesas de distancia. Desayunamos. Él de traje negro. Veo su perfil izquierdo.
Bebe un jugo y come un pan, pan que mete a su boca y que muerde, trozo que pasea entre sus muelas como si acariciara sus dientes con la tersura del trigo.
Imagino el pan diluirse, hacerse más blanco, más blando, confundirse con su saliva, entrar de a poco en su organismo, casi sin ser tragado, sino más bien como si el pan diluido voluntariamente decidiera sumergirse en el cuerpo de aquel hombre que, no sé por qué,
quizás por esa obsesión mía con el mar, quizás por su cabeza desprovista de cabellera, o por sus movimientos lentos y serenos, me hace pensar en un majestuoso animal marino.
Lo miro con disimulo, pienso que debo sentarme a su mesa, hablarle, decirle algo, ¿pero qué se le dice a una persona así cuando lo que uno espera es quizás una frase luminosa, un secreto de su oficio, el comienzo de una amistad, el suceso que luego será contado
como una anécdota para fanfarronear de que se estuvo con alguien importante?
Las palabras se me diluyen en el cerebro igual que el pan se diluye en su boca.
Me intimida, es cierto, y mi sentido de prudencia ordena: Déjalo desayunar tranquilo.
De todos modos, él no me mira, él no tiene ojos más que para su pan, aunque no hay nadie en el comedor de veintitantas mesas vacías, y yo me retiro y lo dejo ahí, comiendo solo, a Gonzalo Rojas.
Pero luego recuerdo esa imagen: el comedor vacío, la mañana soleada en Madrid, los manteles blancos, el silencio, su perfil de animal sabio, y me parece que fue una buena manera de estar con El Poeta.
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