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La temporada 2004 de la Orquesta Sinfónica Nacional es un extraño jardín de delicias. El diseño de cada concierto es tan variado y ecléctico que es difícil afianzarlos críticamente. Me inclino a pensar que sus directores traman algo: una conspiración
a favor del placer. No exagero.
El cuarto concierto, unificado sólo por la extraordinaria participación de la soprano Lucía Salas, incluía una extraña combinación de compositores: Dietrich Buxtehude y Jacques Ibert, W. A. Mozart y María Grever, Gioacchino Rosini y Agustín
Lara, entre otros.
No hay por qué temer: cada desorden tiene su genio. Y al escuchar a la Sinfónica Nacional bajo la tersa dirección de Johannes Bruno Ulrich, he aprendido que la famosa canción de Manuel M. Ponce, Estrellita, está muy a gusto junto al aria Si
mi chiamamo Mimi, de la ópera La Bohéme, de Puccini. Y he aprendido que mientras más opuestas son las estéticas de dos compositores más clara se hace la relación entre ellos, como un eje entre dos polos.
Bendita sea la ignorancia del crítico que le permite asombrarse de algo nuevo cada día.
Al centro de mi asombro se encuentra el famoso arreglo orquestal por Carlos Chávez de la Chaconne de Buxtehude.
Consideremos por un momento que este compositor alemán es un antecesor de Johann Sebastian Bach y que vivió entre 1637 y 1707. ¿Qué relación podría haber entre su rigurosa pieza religiosa y el frívolo Divertimento de Ibert, compuesto
200 años después? Ninguna.
Y sin embargo, reconocemos que Ibert juega con motivos que evidencian una cualidad extraordinaria en el arreglo del mexicano Chávez: su sentido de la orquesta como una paleta de texturas sonoras.
El énfasis en las fuentes autóctonas de las sinfonías de Chávez han oscurecido los atributos formales de sus composiciones, que salen a luz en su arreglo de la gloriosa pieza de Buxtehude.
Uno siente, en verdad, los diferentes estratos de la orquesta plegándose poco a poco hasta arribar al brillante solo de violín.
Ese momento de fina transparencia permite que los contrabajos aparezcan
con gran fuerza para la expansiva sección final de la orquesta, en una interpretación sobrecogedora.
La voz como instrumento
Sin lugar a dudas, la noche le perteneció a Lucía Salas. La soprano mexicana, ganadora de varias distinciones, incluyendo el Fördespreis en el Concurso Internacional de Canto Coloratura Silvia Geszty, demostró el jueves por la noche no sólo la sublime belleza
de su voz, sino también su particular encanto, que la hace ser acogida por el público de inmediato.
Sus cualidades interpretativas son muy fuertes. Es muy cálida en el aria de concierto K 578 de Mozart Alma grande e nobil core. Con Una voce poco fa del Barbero de Sevilla captura el afectuoso humor de Rosini. En Quel guardo il cavaliere, de la ópera
Don Pasquale de Donizetti, su platinada voz se muestra poderosa y controlada.
Con esta aria y con la canción Piensa en mí, de Lara, su rango parece ser pequeño e íntimo al principio, sólo para sorprendernos después con su poder.
Ésta es la imagen que me produce: Salas emerge de la música como de un nido emerge un ruiseñor, dulce y frágil, sólo para extender un alto vuelo con dos poderosas alas.
El programa indica que el maestro Ulrich es un apasionado de la voz como instrumento por excelencia.
Su experiencia y su pasión son muy claras; bajo su dirección la orquesta sinfónica se siente transparente y sutil.
Durante el aria de Puccini, la música no acompaña a Salas, más bien la envuelve con escrúpulo y delicadeza.
En contraste, durante las Tres canciones mexicanas la orquesta se embelesa con música que, naturalmente, goza.
El director invitado para este concierto fue el alemán Johannes Bruno Ulrich.
La soprano mexicana Lucía Salas actuó como solista invitada.
Fotos de LA PRENSA/José Cabezas
La mexicana Lucía Salas actuó.
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