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Róger Lindo
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cultura@laprensa.com.sv

En busca de la inspiración perdida, lo intenté todo. O casi. En primer lugar, decidí apartarme de lo que no fuera poesía o historia, aplazando cualquier otra materia fascinante para otros días.

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Ascendí a los estantes superiores y cogí al azar una antología de José Lezama Lima. Me dejé vapulear y confundir.

Quise “comprender”, olvidando lo esencial: Se anuncia el guineo en el centro matinal,/los crespos fondistas cáscara de papas/ hierven sobre la cerca/con la vacía cantina a cuestas.

¿Podía identificarme con estas imágenes? Sí, pero no en aquel momento, lo comprendí al instante. Si me hubiera hallado varios grados más al Norte, en una costa brumosa, quizá el ensalmo hubiera funcionado.

A la par, me apliqué a los textos históricos, sumiéndome, impelido por un oportuno temor, en los días de la segunda guerra mundial: todas las formas de lucha, enigmas, cosas así.

Pero este esfuerzo me arrastró en una dirección opuesta a la buscada.

Después de un chapuzón en esta materia, raramente se emerge sonriente y remozado, todo lo contrario, sale uno con una opresión furibunda en el pecho, y nada más contraproducente si se busca la inspiración perdida.

En cambio, no se me ocurrió intentar la historia de la vida privada, con sus subdivisiones, nichos y recintos, o dado el caso, la historia de cualquier lengua, todo lo cual hubiese sido más provechoso.

Volví a los estantes superiores y me obstiné con Sylvia Plath, pero tras convivir con ella algunas horas, se hizo imperioso huir de esta hija de la noche.

Un día cayó en mis manos una antología de poetas griegos. Conocía a Kavafis, a Seferis, y aún así no estaba preparado para Yanis Ritsos, una de esas cimas frente a las cuales se requiere inmenso valor.

Con él me embarqué bajo la luna cretense, y desde entonces presiento el indicio de un rumbo.



Agua Caliente, riqueza entre montañas

   


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