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El tercer ‘Grand Slam’ del año tiene una serie de particularidades que van con la forma de pensar de los ingleses. Ese es precisamente el principal problema con el que se encuentran los tenistas para su adaptación,
que la organización parece no haber entendido todavía que en Wimbledon participan muchos raquetistas que no son británicos. Ellos no van a cambiar por nada las tradiciones, no en vano las mantienen prácticamente inalterables desde hace más de 100 años, aunque
sus reglas no gusten entre la gran mayoría de profesionales que acuden cada año a sus pistas y que cada año repiten sus quejas. En Wimbledon, uno no es jugador sino competidor, y tienes la sensación de que en las preferencias de la organización estás siempre
por detrás del público. Además, es muy difícil adaptarse a la superficie de hierba con las enormes limitaciones de tiempo que tienes para ejercitarte en las pistas del club.
Sigue habiendo un clasicismo extremo con el tema de tener los vestuarios en función de si eres o no cabeza de serie. La importancia de la tradición y la historia en el torneo de Wimbledon tiene tanto peso que en mi caso (juego la segunda semana el torneo de leyendas) tengo la sensación de que me tratan mejor ahora que cuando estaba en activo. Parece increíble pero es así. Por ejemplo, me dan más entradas que las que recibía cuando era profesional. Además, la mayoría de jugadores que prefieren alquilar las casas cercanas al All England Tennis Club es porque van a la hierba con aspiraciones de hacer un buen resultado y prefieren tener más comodidades para afrontar en mejores condiciones el torneo. El resto prefiere la diversión del centro de Londres, porque en los alrededores de Wimbledon no hay nada, y lo que realmente buscan es pasar una semana en Londres y llegar hasta donde la suerte o el destino les deje.
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