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KARLA CHÁVEZ |
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"FLORENCE BATHÓRY"
(San Salvador, 1980). Estudiante de periodismo
de la Universidad de El Salvador. A sus 23 años se proyecta como
periodista de revista y escritora en crecimiento. Escribió su primer
cuento a los nueve años y no ha parado de producir historias en
la última década. Ha recibido reconocimientos en al menos cuatro
ocasiones en certámenes colegiales. La violencia no es la única
temática de sus creaciones. También da cabida a la fantasía. Nunca
ha publicado ni ha sido parte de algún círculo literario. En Jorge
Amado y Gabriel García Marquez encuentra sus referentes literarios.
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| Citas |
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Convierte la grotesca realidad
que nos asalta a diario en la crónica roja, en materia
literaria de primer orden.”
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Creó una imagen desnuda
y brutal de la violencia que nos carcome: no la explica. La
presenta sin más ante nuestros ojos como un espejo delatador.”
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Lo único bueno de ese
trayecto de mierda era que casi no había tráfico a esa hora,
así se ahorraba ir sudando de la desesperación y de la rabia
por ese montón de conductores incompetentes. Y además se
ahorraba la angustia de ver aproximadamente setenta rostros distintos
en el mismo bus, todos sin hablar, pétreos, fusionados en un solo
sentimiento egoísta, con el insulto esperando entre los labios
y con una mirada demasiado escrutadora hacia su persona que siempre le
provocaba la misma sensación de repugnante culpabilidad.
Lo bueno es que con el cigarro que se fumaba mientras caminaba para
su casa se le despejaban todos esos pensamientos y empezaba a olvidarse
de la insoportable existencia de las demás personas.
La calle se extendía solitaria y semioscura en algunos trechos.
El ripio, la basura, el hedor y las defecaciones de personas y animales,
escenario cotidiano para él, completaban a ratos el lienzo nocturno
de ese sendero. A Cariconte le tenía sin cuidado, si acaso todo
aquello únicamente le servía para recordarle lo asqueante
de su vida, cuando por momentos una humedad cálida se levantaba
de entre los tragantes a acariciar con sus miasmas la pituitaria del que
pasaba por el lado.
De repente la vio, como a una cuadra, cruzando perpendicularmente la
calle por donde él se desplazaba. El contraluz definía a
la perfección la figura de la mujer: falda entallada y corta, chaqueta
sastre, tacones, sería alguna secretaria u oficinista. Cariconte
sintió una punzada de vacío en el estómago. Las manos
se le llenaron de un sudor frío, la boca se le llenó de
saliva y las mandíbulas se le entramparon.
Trataba de no pensar pero no podía evitarlo, tenía que
tirarse a esa mujer fuera como fuera. Además, seguramente esa perra
estaría buscando una ocasión como ésa, una oportunidad
para que alguien como él le hiciera todo lo que bullía a
borbotones en su imaginación.
Cariconte comenzó a caminar delineando más sus pasos,
tratando de hundir bien los pies en el piso: en parte para no hacer tanto
ruido y en parte para refrenar la ansiedad y la temblorina de las piernas.
El asfalto se volvió de goma. Comenzó a respirar más
profundamente. Con una última y fuerte chupada al cigarro se deshizo
de éste. Las chispas rebotaron a lo lejos cuando la cabulla aterrizó
en el asfalto.
El corazón se le aceleraba y su sonido se confundía con
todas las voces que le gritaban por dentro: la de él mismo gritando
y riéndose a carcajadas mientras penetraba a la mujer; y la de
ella, gritando como energúmeno, con lágrimas resbalándole
por todo el rostro. Un gesto congelado en una lejana mente siniestra.
Estaba como a media cuadra de ella y trataba de esquivar los pocos chubascos
de luz que se cernían por la calle. La dura erección le
provocaba cierto dolorcito por la presión del pantalón.
Pero esto lo excitaba todavía más, buscaba ese dolor. Era
casi igual de placentero que dar un beso e inmediatamente dar un fuerte
mordisco, solo que al revés. Él tenía primero el
dolor del mordisco, pero dentro de poco tendría el placer del beso:
era una situación de masturbación mental entre lo blando
y lo duro, lo suave y lo fuerte. La paradoja que se encuentra en todo
momento y en todo lugar, como un duro pene entre dos blandos testículos,
o una húmeda lengua entre rígidos dientes, o una cálida
vagina sobre una férrea pelvis. Cariconte amaba esta dualidad,
para él la ternura siempre debe ir acompañada por la agresividad.
Nunca se puede ser completamente blando o completamente duro. Si alguien
castigaba era para procurar un bien: a sí mismo o a la otra persona.
Cuando Cariconte se encontraba a no más de cuatro pasos de la
muchacha, ella se volteó a mirarlo: ¡cuánto puede
transformarse un rostro en tan poco tiempo! Unos ojos buscan y se encuentran
con el miedo. Cariconte pudo ver bien ahora que era una muchacha de unos
veinticinco años, atractiva, de buena figura y más deseable
todavía que de primera impresión, no tanto por su belleza,
sino porque había empezado a acelerar el paso.
La muchacha estaba evidentemente nerviosa. Cariconte seguía firme
sus pasos detrás de ella, en el piso de goma, cómplice de
Cariconte. La muchacha quería oír sus pasos pero un creciente
zumbido en sus oídos se lo impedía, el asfalto era goma
que amortiguaba el piso. Los pasos de Cariconte eran constantes, monótonos,
sin aumentar velocidad pero tampoco sin perderla.
La muchacha, casi corriendo, no disimulaba su ansiedad en las rápidas
y numerosas cabezadas hacia atrás que daba, para ver si el hombre
seguía tras ella. El cuerpo se le aflojó en un rápido
resquebrajamiento nervioso cuando sintió una mano en su brazo.
No alcanzó a gritar, porque una voz pastosa le murmuró un
cerrado ¡shhh...! al oído.
Ella se dio cuenta de que aunque quería gritar no podía
hacerlo, era como si la garganta le palpitara y no el corazón,
y ésta hubiera crecido repentinamente. No sabía si forcejear
o gritar, todo estaba pasando demasiado rápido. Se dio cuenta de
que estaba golpeando al hombre, pero no sentía ni dolor, ni peso,
ni ninguna clase de gravedad que le indicara que no estaba en un sueño,
o debajo del agua o en alguna otra parte donde lo que estaba pasando no
estuviera sucediendo en realidad.
Cariconte afianzó a la mujer de la larga cabellera, con la otra
mano le torció el brazo por detrás de la espalda y así
la arrastró hasta un predio baldío completamente oscuro.
Lo conocía bien, no sólo porque pasaba todos los días
por la mañana frente a él, sino porque no era la primera
vez que lo utilizaba para cepillarse a una zorra.
Tenía el conocimiento sensorial de esa tensa oscuridad. Cariconte
empujaba y en determinado momento ella, la muchacha, dejó de ser
ella, se convirtió en un cuerpo más, en todavía menos
que un cuerpo, solamente era algo que mutilar, algo que morder o rasgar,
algo blando que contraponer a su dureza.
Cariconte aventó a la mujer e inmediatamente se lanzó
sobre ella, inmovilizándola de las piernas con las rodillas y de
los brazos con las manos. Ya se había desabrochado el pantalón
antes, cuando la llevaba arrastrada, antes de agarrarla del pelo. No le
importó que ella intentara golpearlo con el brazo que acababa de
dejarle libre para poder meterle la mano entre las piernas.
Fue justo en ese momento que la mente se le iluminó con un estallido
de colores y era como si súbitamente le hubieran penetrado cientos
de agujas en el cráneo. Cariconte no estaba más allí.
Terminó de romper la ropa interior y la penetró hasta el
fondo. Un grito desgarrado salió de la garganta de ella. Cariconte
sintió el dolor que buscaba, la reseca vagina de la mujer le estaba
desollando el falo, empezó a moverse al mismo ritmo que ella: con
un incontrolado temblor de cuerpo, ella por miedo, él por una agitación
que no podía dominar. Cariconte se entregó a la embriaguez
del momento.
El mismo grito desgarrado que se extendía en un húmedo
y caliente aliento era el de Cariconte, muchos años antes. Lloraba
a gritos mientras su madre lo cargaba en brazos. Había un forcejeo
entre ella y su padre alcoholizado.
La madre de Cariconte se defendía como podía del torrente
de golpes e insultos del borracho, y mientras más apretaba a Cariconte
contra su pecho tratando de protegerlo más fuerte lloraba éste.
Al fin, después de un rato, el papá de Cariconte la dejó
en paz y salió hecho una tromba de la casa. Dentro de ésta
sólo quedaban dos agitados corazones y lágrimas confundidas.
Pero la histeria aún rondaba cerca y la mujer empezó a desesperarse
con el llanto del niño. En esas condiciones no tenía paciencia
alguna de estarlo acunando, sobre todo porque tenía cuatro más
que también lloriqueaban alrededor de ella. Sin saber de donde
le venía una rabia tan grande empezó a gritarle a todos
los niños que se callaran. Insultando, gritando y coceando, era
la réplica exacta del energúmeno que acababa de salir por
la puerta de la casa. Aventó con rabia a Cariconte sobre un sucio
colchón donde dormía ella y los demás niños
(“¡Y este mono pendejo que no se calla!”). A los otros
les ladró de soslayo (“¡Y ustedes váyanse a
la mierda o se callan de una vez!”). El grito de Cariconte seguía
extendiéndose por la casa y por el tiempo, sobresaliendo ahora
nítidamente, entre otros recuerdos que se comunicaban entre sí
al mismo tiempo. El grito del bebé era apenas un eco dentro de
una caja oscura, que rebotaba incesantemente como un chillido de murciélago,
propagándose, pero sin salirse de la caja. Era una sola nota monótona
repetida hasta la eternidad entre una maraña de neuronas y conexiones,
entre un mundo que podía ser éste o nunca haber existido.
Cariconte sentía que el recuerdo le había llenado de agua
helada el cerebro, tenía un sentimiento de irrealidad que volvía
sensaciones nuevas lo que estaba haciendo, como si toda su vida hubiera
estado dormido o aletargado en un mundo interior de recuerdos y experiencias,
y la de ahora, él con la muchacha que gemía y lloraba con
voz gutural no fuera más que un producto fortuito, inexplicable.
Cariconte despertó y estaba allí, queriendo rajar a esa
puta hasta el alma. Pensando esto la penetró más fuerte
y una sustancia caliente le refrescó el pene. Pero en seguida se
dio cuenta de que era como estar chapaleando en barro. La sangre que salía
de la vagina de la muchacha le salpicaba el vientre. Cariconte se excitó
violentamente a la vista de la sangre y abrió de un manotón
la chaqueta de la mujer. Un botón que voló por el aire recibió
el reflejo de la luz por unas décimas de segundo, haciendo las
veces de una monedita brillante que se tira al aire para definir una suerte.
Si hubiese habido luz, la palidez de la piel del torso hubiera resplandecido.
Pero lo único visible era un contorno un tanto fosforescente del
sostén de la mujer, el que fue rápidamente arrancado de
un tirón. El crujido resonó entre las voces de ambos, lloriqueos,
gemidos y sonidos ahogados se vieron de pronto interrumpidos por el sonido
del elástico rompiendo el aire. Cariconte se inclinó para
morder el torso de la mujer, como un predador lo hace con su presa.
La mujer sentía la humedad de la saliva y el sudor de Cariconte
embarrándole la piel, la cual, producto de las mordidas, reaccionaba
con un súbito ardor cada vez que el hombre se le refregaba de arriba
hacia abajo. La voz de ella se había convertido en un cloqueo acuático
atrapado en mucosas que se distendían de vez en cuando con algún
gritito esporádico. Otra vez el silencio se prolongó hacia
adentro en los oídos de Cariconte y su conciencia se perdió
entre el chapaleo sanguinolento de su pelvis que se seguía introduciendo
a fuerza de desgarre en la tibia intimidad de la muchacha. Los sonidos
internos volvieron a surgir y a confundirse, a comunicarse y a ponerse
de acuerdo entre ellos hasta que uno fue lo suficientemente fuerte para
sobresalir de entre los otros. Las orejas de Cariconte se pusieron calientes
de la emoción y los vellos del cuerpo se le crisparon, de las axilas
comenzó a bajarse un sudor pegajoso, igual de pegajoso como las
manos de su padre. Cariconte se había quedado solo con él
en la casa, mientras su mamá hacía mandados con sus demás
hermanos que eran mayores. Él, por ser el pequeño, se quedó
en la casa bajo el cuido de su padre. Cariconte caminaba de un lado a
otro con la torpeza de movimientos típico de una infancia temprana,
se desplazaba de aquí a allá reconociendo su entorno y maravillándose
con ese mundo gigante a su completa disposición. Quién sabe
de dónde le salió a su papá la ternura suficiente
como para cargarlo y llevarlo al cuarto, a salvo de las miradas de los
transeúntes que cruzaban por la puerta de la entrada. Su padre
fumaba y apestaba como ebrio revolcado en sus propias miserias, su rostro
brillaba grasiento entre el cabello desordenado y sucio. El hombre acostó
a Cariconte en la cama y comenzó a quitarle la ropa, y mientras
lo hacía le hablaba en un lenguaje suave, como nunca lo había
hecho, le decía palabras bonitas, y le hacía promesas de
regalos, juguetes, dulces, todo sería para él (“Te
has portado bien conmigo y por eso te quiero regalar algo”). Cariconte
no entendía y comenzó a asustarse porque era como si estuviera
con una persona desconocida. Mientras su padre lo desnudaba, lo sobaba
con sus pegajosas manos, ásperas y callosas. Cuando Cariconte comenzó
a resistirse y a gemir con voz temblorosa, próxima al llanto, su
padre le dio la vuelta de improviso, apretándole el rostro contra
el colchón y asfixiándolo con el peso de su mano en su cráneo,
una voz que era un susurro hosco y cascado atravesó sus oídos
("¡Callate o te mato, mono pendejo, si llegás a gritar
te doy verga ‘hijueputa’...!"). Pero la amenaza no era
necesaria, una mano apretada contra la boca del niño impedía
los intentos de gritar. El hombre metía sus dedos entre las nalgas
del niño, penetrándolo primero con los dedos, mientras dos
lágrimas brillantes empezaban a desbordarse por entre las pestañas
de los ojos abiertos del infante. Con un movimiento rápido y eficaz,
el padre de Cariconte logró zafarse el cincho y bajarse el “zípper”
del pantalón, agarrándose el pene comenzó a restregarlo
entre los infantiles glúteos, al mismo tiempo que se masturbaba.
Cariconte temblaba, su cuerpo sólo podía percibir el dolor
de sus labios cortándose contra sus dientes, producto de la presión
que ejercía la mano. También percibía la dureza de
algo pegajoso que se restregaba contra su cuerpo. Finalmente, el dolor
acudió. Un dolor agudo justo en todo el centro de su cuerpo. Las
piernas de Cariconte temblaban violentamente y su columna era una banda
elástica estirada al máximo: un poco de tensión más
y se hubiera roto, el dolor intensificaba a cada sacudida. La sangre,
caliente y densa, comenzó deslizarse entre sus nalgas, y un sonido
acuoso, como de chapolotear en barro, se originaba por la constante fricción.
El padre penetraba a Cariconte sin ninguna consideración, apretando
con su mano libre las nalgas del niño, una contra la otra, dificultando
más la entrada del pene, volviendo toda la situación más
y más dolorosa. Cariconte pensó que nunca iba a terminar
y un zumbido agudo atravesó sus oídos, su cuerpo se distendió
y comenzó a perder la conciencia, se había convertido en
un muñeco de trapo sin fuerzas para luchar, a merced de alguien
que lo torcía y lo volvía de un lado para otro. Sin embargo,
después de un momento, su padre se apartó con un resoplido,
el sudor le resbalaba desde el cuello hasta el pecho, mojándole
la entreabierta camisa. El hombre se quedó por unos segundos aferrado
a un instante, en donde no había vida, ni color, ni sonido, sólo
una vaga mirada perdida en el vacío, los ojos fijos en una eternidad
interior, pupilas opacas dilatadas clavándose en un lugar más
allá de un techo, más allá del cuerpecito macerado
de un niño. Como una marioneta halada por un hilo, el papá
de Cariconte se sentó en la cama, con suma rapidez y una pálida
mueca de desconcierto en el rostro (“Vestite y no digás nada”).
Se alejó del cuarto sin siquiera voltear a verlo, y salió
casi corriendo de la casa. Cariconte todavía recordó más
de aquel día extraño, horas más tarde su padre balbucía
incoherencias, completamente alcoholizado, llorando y mojándose
de mocos los labios. El niño lo miraba desde el umbral de una puerta,
con ojos plateados, fijos, pegados en una sola distancia y tiempo.
Cariconte resoplaba y el temblor pélvico sobre la muchacha se
hizo insostenible. Con ojos en blanco y con un gemido desesperado, casi
agonizante, descargó sus recuerdos dentro de ella. Cariconte se
sintió liviano, liberado y el aire se volvió más
fresco y la noche nació de repente sólo para él,
tan limpia y tan perfecta que era totalmente suya, pues sólo en
su mundo perfecto podría existir así: justo como él
la quería. Se desplomó a un lado y la mirada se alargó
hacia la nada, contemplando un algo, un tiempo y un lugar específicos
que no estaban afuera, sino adentro, en su propia conciencia, pero que
era lo único real. Las voces internas habían callado de
repente y lo habían dejado completamente solo, con un sentimiento
insoportable que no podía concretizar con palabras ni con imágenes.
Era un infinito vacío prolongado en un instante, en tan solo una
respiración. Fue entonces que la conciencia de estar extrañamente
vivo reapareció y los sonidos volvieron a ser sonidos, la noche
volvió a ser noche, y él, para su maldita suerte, volvió
ser el mismo.
Ojos aterrados se dirigieron a la muchacha que no se había movido,
que sollozaba y temblaba a su lado. Los quejidos y sollozos de ella empezaron
a amplificarse a un volumen descomunal, y un nuevo sentimiento de irrealidad
pobló la cabeza de Cariconte. Desesperado empezó a tantear
cerca de él, sus manos se deslizaban rápidas buscando entre
la hierba, escogiendo para luego rechazar, hasta que al fin la encontró.
Fueron siete golpes seguidos con la roca en la cabeza de la muchacha,
de los cuales sólo hubiera bastado con tres. El primer golpe sirvió
para callar inmediatamente el quejido monótono de una vida herida
y cambiada de repente. El segundo hizo crujir la cabeza, y un vago sonido
de un huevo que se rompe adornó como imagen acústica la
mente de Cariconte. El tercer golpe fue como partir aguas, la mano con
la piedra se hundió en un pozo tibio y palpitante. A partir de
allí, los otros golpes no fueron más que una descarga desesperada
buscando un desahogo a la ira que se había clavado justo en el
medio de la garganta. Pero lo insoportable de su sentimiento era que no
sabía a quién dirigir tanto odio, hacia él, o alguien
de su pasado, o hacia la muchacha, por qué putas se le tenía
que haber cruzado por el frente. Cariconte se puso de pie y arrojó
con rabia la roca hacia el cuerpo inerte, que todavía parecía
vivo, como alguien que se ha quedado dormido en una posición grotesca,
con los genitales al aire y los senos desparramados hacia un lado, la
piel del torso tenía múltiples salpicaduras de sangre y
trozos de carne y de sustancia cerebral.
Cariconte se alejó caminando rápidamente, pero no lo suficiente
como para causar un movimiento brusco en el alto zacate que bordeaba el
lugar. Apenas tuvo un indicio de luz con el cual poder ver un poco mejor
se examinó la ropa: tenía sangre por todas partes. Mierda,
y encima de todo se había ensuciado, pendejo.
Empezó a caminar como al principio de todo, con paso firme y
constante, rápido pero sin correr, buscando como refugio los largos
trechos angulares oscuros que dibujaban las paredes. Pero sucedió
algo: al salir del predio baldío todo había vuelto a la
realidad, la realidad de todos, la realidad circundante de la que él,
Cariconte, quisiera o no, también formaba parte. Con unos cuantos
pasos había dividido con una fina cuchilla la existencia del otro
mundo, el interno, donde él era amo y esclavo, víctima y
victimario. Súbitamente se sintió tan pequeño que
el aire se le condensó en el pecho. Aquí no era nadie, apenas
un punto medio limpio, medio sangriento en la oscuridad de un callejón.
Sus piernas comenzaron a moverse más rápido, hasta que se
dio cuenta de que en realidad estaba corriendo, pero no de un lugar o
de alguien. El cuerpo de la muchacha era ya parte de su recuerdo, una
fantasía onírica que se había materializado de repente
y hoy no era más que vapor blanco en su cabeza, algo sin importancia
que pronto olvidaría. Apretó los dientes, porque no los
sentía dentro de su boca y se mordió la lengua. Nuevamente
blando y duro volvieron a juntarse, se tragó su sangre y aminoró
el paso.
Su rostro había adquirido una expresión neutra, tan natural
como una estatua de cera, tan inexpresiva como un montón de rostros
reunidos en un bus sin hablarse, lo mismo que veía todos los días.
Cariconte no era más que un mosaico de un gran lienzo multicolor.
Se desabotonó la camisa y la botó dentro de un tragante
por el que pasaba, pero antes la mojó con el agua que corría
por la cuneta y se limpió la sangre seca del vientre.
Llegó a su casa, donde nadie lo esperaba porque vivía
solo, se quitó el resto de la ropa y la amarró dentro de
una bolsa, mañana la sacaría a la basura. Se lavó
y friccionó el cuerpo. Se vistió de nuevo con ropa más
cómoda y se sentó a ver televisión. Poco a poco,
los párpados fueron juntándose unos con otros, y el siguiente
día sería otro día normal, de boca pastosa por la
mañana, de retraso matutino que le impediría desayunar,
de encerrarse como res dentro de un vagón con un promedio de cincuenta
personas más que también se dirigían a su trabajo.
Un grupo de maniquíes se hubieran visto más animados y coloridos
que ese triste desierto humano que subía y bajaba cada día
de esos buses, más aptos para transportar carga que seres humanos.
Cariconte se volvía pequeño, insignificante dentro del
mosaico, que iba ampliándose a medida que el día avanzaba,
crecía y se teñía de distintos colores por todas
partes, a ratos quedaba vacío, a ratos se llenaba, pero no cesaba
nunca, continuaba repitiéndose y creándose, muriendo y naciendo,
cada uno con su propia historia, pero todos formando parte de una cotidianidad
grotesca y maravillosa.
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