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[ Fetichemos]
El día del no lugar
Mauricio Orellana Suárez
Columnista


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“Me parto el lomo trabajando 10 horas diarias en la oficina y tengo hijos que criar y mantener, son tiempos rápidos, difíciles, que requieren de conocimientos que nos sirvan para ser competitivos; si no, te deja el tren.

Llego cansado de la oficina y lo menos que haré es leer un libro y aburrirme. Yo quiero entretenerme, ver Laura, ver quién sale nominado en Big Brother. ¿Libros, conciertos, galerías, teatro, sirven para algo?

Algún hombre llamado Rolando Lazarte piensa que sí, que nos devuelven esa parte de nosotros mismos que se evapora al intentar llevarla… al mercado. Te… vence la necesidad.”

¿Será válido responder al argumento del buen hombre trabajador, diciendo que el arte es ese estado en donde vive lo que el día mata con sus pistolas de horario de oficina, donde los hombres y mujeres, en esencia, persisten para no volverse zombis totales, para no disolverse en impersonales átomos del hato?

¿Se le pude decir a quien vive para sobrevivir que en el juego de los sobrehorarios en el que tan bien lo hacen casar como un tornillo más de la maquinaria, las razones más dignas de ser humano dejan pistas esparcidas entre el caos de papeles de escritorio, huellas en las tazas del café, guiños en los monitores de la computadora, y que existe la remoooooota posibilidad de que una de esas secuencias de pistas y huellas y guiños se geste de vez en cuando, y se materialice en el llamado arte: el entre-líneas de la vida, el entre-latidos, el entre-pasos, el entre-lógicas, el entre-tiempo, el entre-espacio por excelencia?

Rolando Lazarte: “El día del no lugar es un lugar donde se puede habitar.”

Porque el arte es expresión, juego, cáscaras nacidas del vacío existencial, ecos de los sentimientos de los hombres, magia, sacerdocio, la salvación del hombre de oficina, y no necesita sitios aparte, porque abarca al humano entero con todos sus lugares y momentos: cosa de chamanes.



Agua Caliente, riqueza entre montañas

   


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