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Aquí leemos poco
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Leer no es una de las pasiones de los salvadoreños adultos. No tienen tiempo. Les parece una actividad aburrida.
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Más de la mitad de los adultos salvadoreños nunca ha leído un libro completo en su vida y jamás ha puesto un pie en una biblioteca. Menos de la quinta parte de la población dice que no ha comprado un libro. Así lo reveló el más reciente sondeo sobre hábitos y consumo de lectura del Centro de Opinión Pública (COP) de la Universidad Francisco Gavidia.
“Un 51% de la población adulta salvadoreña aseguró nunca haber leído un libro completo en su vida, y un 49% afirmó nunca haber visitado una biblioteca”, destaca el estudio, realizado en febrero en 60 municipios del país entre adultos con DUI.
La falta de tiempo (33%), considerar aburrida la lectura (20%) y el oneroso precio (20%) de los libros fueron las excusas que esgrimieron todos los hombres y las mujeres mayores de 18 años encuestados.
Un poco más de la tercera parte de los encuestados aseguró que compró un libro no por placer, si no por exigencia escolar.
Las cifras no sorprenden a escritores y autoridades de Educación. “Con esta encuesta no estamos descubriendo la orilla azul de la bacinica”, dice el poeta Otoniel Guevara, quien comulga con la idea de que el alarmante desinterés por la lectura ha primado por décadas.
El director de la Biblioteca Nacional, Manlio Argueta, cree que el COP muestra una realidad innegable. Aunque considera que ha existido una leve mejoría. “Respecto de otros años se ha avanzado (en la lectura)”, razona Argueta, al referirse a los cientos de usuarios jóvenes y adultos que acuden a la mayor estantería nacional.
“Me sorprende que los porcentajes sean tan bajos. Deberían ser más altos”, expresó el catedrático universitario Rafael Ochoa Gómez, quien cuestionó los criterios usados en la encuesta —adultos con DUI, y no nivel de escolaridad—.
A juicio de Ochoa, el desinterés por la lectura está fundado en la sociedad de consumo. “La gente está más preocupada por adquirir un ‘flat screen’ (pantalla plana), ropa de marca o alguna otra minucia”, aseveró.
“Si la mayoría de la gente no conoce una librería es porque casi no las hay”, agrega el regente de la estatal Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), Miguel Huezo Mixco. Sólo hay tres o cuatro establecimientos que se precian de ser librerías, sostiene. Huezo planteó que el costo y la oferta disponible de lecturas son enemigos mortales. “Hay demasiada lectura basura a la mano. Tanta o más que la misma televisión”, destaca.
Para fomentar este hábito se creó el estatal Programa Nacional de Fomento de la Lectura, el cual ha promocionado más de 2,500 clubes escolares de lectura y ha distribuido casi nueve millones de libros en los últimos cinco años. Pese a esos esfuerzos, los frutos aún falta que maduren.
Casos críticos
El caso más emblemático del desinterés de los adultos por la lectura está en Nueva Concepción, Chalatenango. De acuerdo con el COP, ocho de cada 10 habitantes dijeron que nunca han entrado a una biblioteca. En la localidad sólo opera la biblioteca de la Casa de la Cultura, con 1,250 títulos disponibles y 250 deteriorados.
En Ciudad Arce (La Libertad), el 77% de la población aseguró que nunca ha llegado hasta la última página de un libro.
La escasez de tiempo libre para leer fue la principal coartada en El Divisadero (Morazán). Los vecinos de Chalatenango y de San Juan Opico, en cambio, dicen que leer es una actividad fastidiosa.
En Cojutepeque (Cuscatlán) y San Francisco Menéndez (Ahuachapán) más de la tercera parte lamentó el precio de los libros.
Y aquéllos que piensan que San Salvador concentra el mayor número de lectores, están equivocados. En San Marcos, el 60% de los vecinos dijo haber leído un texto completo. En la capital, en cambio, sólo cuatro de cada 10 ciudadanos devora un texto de principio a fin. En vista del panorama, la hora de leer aún no llega para los salvadoreños.
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