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El oscuro hilo de plata que unía los ojos de Tania con los ojos del comandante se quedó temblando en el aire montesino, mientras todo alrededor era invadido por una luminosidad cegadora, de montaña encumbrada. El sol estaba encima de todas las cabezas. Tania oyó, a
lo lejos, el traqueteo de una caravana, o algo así. Podía ser un efecto auditivo producto de su propia irrealidad. El comandante se incorporó.
Sentado bajo el árbol de conacaste centenario, parecía una sombra del tamaño de un arbusto. Tania, en cambio, había adquirido la imagen de una nube en reposo.
Vamos a almorzar la invitó el comandante, con su inevitable voz de imperio.
Tania le siguió, como si aquello fuera ya parte de una perfecta rutina.
Te tenía preparada una mesa se justificó el comandante, con sonrisa que le encerraba los ojos en una maraña de pelos hirsutos.
Pero yo no me voy a quedar aquí le aclaró Tania, acomodándose en el sitio que le indicaban.
Eso lo decido yo se rio el comandante, entre imperioso y bromista.
El almuerzo era frugal, pero a todas luces preparado con esmero. Era el almuerzo de la visita del comandante. Un rimero de tortillas gruesas, recién echadas, olorosas a maíz nuevo, hacía las veces de fortín, en medio de la llanura despojada de la mesa. No había
mantel. Bajo cada plato, una base de yute. Y las viandas humeaban, expuestas. Sopa de gallina india, con hierbas del monte. Arroz percudido, sin nada más. Queso fresco, impecable y llorón. Carne de animalito cazado en los alrededores. Y unos majonchos abrigados en miel.
¿Sólo nosotros dos vamos a comer aquí? preguntó Tania, sin evitar el retintín.
Hoy sí sentenció el comandante. Hoy sólo vos y yo estamos donde estamos.
¿Qué querés decir?
Lo voseaba sin inhibiciones. Al final de cuentas, no necesitó mucho tiempo para descubrir que el aura de misterio que rodeaba a las figuras clandestinas era sólo un humo más, como el de cualquiera de los fogones del entorno.
Eso: que ni vos ni yo estamos en otra parte.
Vos estudiaste filosofía, ¿verdá? lo encaró Tania, sirviéndose la sopa después de tomar una tortilla.
Ya no me acuerdo se apartó él, haciendo lo mismo.
¿Y qué pensás hacer cuando esto se acabe?
Lo mismo que vos.
¿Qué?
Pues vivir.
¿Y ya no vas a seguir trabajando por el pueblo? lo retó ella, aspirando suavemente el caldo exquisito.
¿Vos qué creés?
Que sí.
Entonces, va a ser así dijo él, en un murmullo que tenía el tono de las complicidades espontáneas.
Yo me tengo que ir del país, porque ya me andan sonando las balas alrededor. Sabés a lo que me refiero le dijo ella, mirándolo directamente a los ojos.
Los ojos del comandante, contra una espesura de árboles silvestres, ardían como ascuas de ocote. Los ojos de Tania, contra una pared de adobe desnudo, reverberaban mansamente, como si acabaran de salir de una apacible oscuridad.
Pero este día no vas a poder volver a la capital, porque hay un operativo en las faldas, y todas las salidas normales están bloqueadas.
¿Me voy a tener que quedar a dormir aquí?
Simón.
Usó el término popular con risita encubierta. Tania soltó la carcajada.
Yo nunca he dormido en hamaca.
Aquí también hay colchones le ofreció él, mirando hacia otro lado.
Colchones a la luz de la luna.
O a la luz de un candil, como gustés.
En el silencio de la noche, las respiraciones adquirían la magnitud de un presagio. Presagio de supervivencia. Si existía el operativo al que se refiriera el comandante, tenía que ser un operativo fantasma. Así lo pensó Tania, boca arriba en su estera, en aquel
cuartito cerrado que se le asignó como dormitorio, lo cual venía a ser un privilegio muy especial.
No pegó los ojos en toda la noche. Estaba cansada, pero era otro tipo de cansancio, que no sabía identificar a ciencia cierta. Tampoco era miedo, porque, ¿a qué temerle? En la vitrina de la oscuridad, el personaje al que llamaban comandante se le aparecía como
una especie de niño voluntarioso. Nada más. Recordó sus manos gruesas y ásperas, y tuvo un repunte de extraña ternura. Sacudió levemente la cabeza, para no permitir que aquella insólita sensación tomara sitio en su mente.
Estaba amaneciendo. Nada la había perturbado. Por una rendija entraba el aire fresco y animoso. Extendió la mano para tocar el aire.
Buenos días le dé Dios.
Era la voz del comandante, desde afuera.
Ya voy. Ya voy.
Apareció con la misma ropa de ayer, con el mismo rostro de ayer. Se sintió silvestre, como los pájaros que revoloteaban en los alrededores.
¿Dónde me puedo lavar la cara?
Si querés, podés bañarte. Allá, junto a aquella pila. El agua está heladita. Las guacaladas son al gusto.
El comandante lucía renovado. Fresco. Limpio. Rasurado. Vigoroso.
Tengo que bañarme desnuda.
Voy a dar la orden de que todos desaparezcan. Hasta yo.
Tania tomó el serio el ofrecimiento. La voz del comandante le daba confianza.
Y se desvistió, en completa soledad. Su cuerpo relumbraba en el marco dorado de la mañana. Casi se acabó la pila con el guacal. Estaba poseída por la energía aleteante de los espacios abiertos.
¿Lista? le preguntó él, saliendo de la nada, ya cuando las ropas mojadas la cubrían.
Lavé la ropa, porque no puedo andar con trapos del día anterior.
¡Qué señorita más delicada!
La limpieza no es contraria a la causa, ¿verdad?
Por supuesto que no.
Después del desayuno, huevos fritos y tortillas, Tania abordó el punto:
Ya me tengo que ir. Quizás no vamos a volver a vernos nunca.
¿Quién dice?
Las circunstancias.
Pues entonces, cambiemos las circunstancias. Eso es la revolución.
Me gusta tu modo, comandante.
Gracias, señorita.
No se dieron la mano. La sonrisa mutua bastaba. Tania bajó sin problemas. El operativo fantasma era un fenómeno íntimo.
Cuando estuvo de vuelta en San Salvador, trató de reunir los hilos. ¿Qué había significado aquel escalamiento hacia un mundo que se extinguía? Y lo único que se le ocurrió fue hablarle de nuevo a Ángel. Le habló. Hablaron un buen
rato. Ángel quedó de enviarle dinero para el pasaje. El destino estaba, evidentemente en el aire. Al asaltarla mentalmente esa frase, lo que se le vino, sin embargo, fue el aire de la montaña. Miró hacia el norte. Y pensó que lo mejor era volar hacia el Norte.
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