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[ALKIMIA]
Un regalo de Hugo Lindo
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Yo había leído “Guaro y champaña” , “Justicia, señor gobernador” y “Solo la voz”.
Él tenía una galería de arte que, además era librería y cafetería, se llamaba Altamar. Quise conocerlo y hablarle.
Hugo Lindo era ya una de las cimas de la literatura salvadoreña. Con la agresividad que da la timidez adolescente, lo
saludé.
Afable y atento me tendió la mano y me invitó a pasar; es un honor, dije; sonrió, me habló de los cuadros expuestos, le pregunté por los libros de narrativa europea.
Le conté que había leído casi todo lo salvadoreño publicado y obtenible, que recién me había graduado de la Escuela Normal Superior, como profesor de Castellano y Literatura.
Sonrió comprensivo, dijo que parecía un niño para ser docente de educación media y me mostró dos pequeños
libros.
Eran los dos tomos de “Jean Santeuil”, de Marcel Proust. Léalos, me dijo, luego si lo desea, también tengo los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”. “Jean Santeuil” es tan sólo un borrador de 1 mil páginas; después son las 5 mil de la verdadera novela.
Devoré el borrador en apenas una semana, regresé por los siete tomos de la mayor novela del siglo XX, me hice su cliente y fue la excusa para platicar con él en varias ocasiones.
Me fui al extranjero por 18 años, estudié mucho más y viví cuanto pude regresé y él había fallecido, pero nos había heredado “Desmesura” y “Yo soy la memoria”.
No fuimos amigos; yo lo admiraba y él se dejaba admirar, ambos disfrutábamos de este superior lazo, yo mucho más.
Y es que me había regalado a Proust, también a sí mismo. Regalo convertido en dos
de mis más permanentes
lecturas.
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