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Lo cotidiano nos define más certeramente que lo eventual, aunque sea menos pomposo. Nos definen mejor las relaciones diarias con nuestros amigos, compañeros y actores anónimos ocasionales, pero
constantes, con quienes nos relacionamos en el día a día, que los logros o tropiezos fortuitos que trascienden para dibujar una máscara pública que en la esfera de nuestra cotidianidad ni nosotros mismos reconocemos.
Y la violencia es una serie de impulsos, que si descuidamos, puede definirnos en lo cotidiano mucho más de lo que quisiéramos.
“¿Cómo?”, se preguntará usted, “si yo no asesino a nadie, no violo niñas, no robo, no
secuestro”.
¿Y las pequeñas violencias no son parte del engranaje de la Gran Violencia?: pensando en mis problemas voy en mi auto, y soy capaz de echárselo encima a un inepto peatón que se atreva a poner un pie en la orilla de MI asfalto, o de arrinconar, hasta sacarlo de la vía, al microbús de otro conductor que intente incorporarse delante de mí para robarme pasajeros. No soy delincuente, pero soy incapaz de responder un saludo de un usuario si no estoy de humor. Mando al infierno a los que no son de mi religión, maldigo y me mofo de quienes tienen distintas preferencias políticas, sexuales. No me gustan los así y los asá, “pero los tolero”, acuso y desprestigio a la ligera cuando quiero (no soy hipócrita, me gusta la transparencia), hago uso de prebendas y privilegios autoinfligidos, en detrimento de otros.
Estallidos verbales, cuchicheos a expensas de otros, mentadas de madre musicalizadas por bocinas de autos, pitos cuando el semáforo no ha acabado de ponerse en verde.
Ni tan pequeñas. Porque esas violencias se van solidificando en hábitos y pronto se vuelven nuestro proceder más común. Posesos vamos por ellas, victimarios consuetudinarios, produciendo esa cultura de violencia que se contagia como un bostezo y que nos hace estallar a su antojo como bombitas ambulantes teleconducidas.
No hace falta llegar a matar.
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