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Si alguna vez en otra dimensión me otorgarán el privilegio de decidir el lugar donde me gustaría nacer, escogería sin pensármelo dos veces la Europa Central de principios del siglo
XX, esa geografía cultural que abarca Polonia, Chequia, Eslovaquia, Alemania, Austria, Hungría y Ucrania, marcada por el cruce de culturas, razas, idiomas y religiones.
Allí nació el escritor Isaac Bashevis Singer, judío y polaco, de quien el pasado miércoles 14 de julio se cumplieron cien años de su natalicio, y quien obtuviera el premio Nobel de Literatura en 1978.
Como todo cosmopolita, emigró de Varsovia en 1935 a los Estados Unidos, donde se nacionalizó en 1943.
Hablar otro idioma es tener otra vida; Singer dominaba el polaco, el alemán, el ruso y el inglés, pero su verdadera patria fue el yiddish, el idioma de los judíos del centro de Europa que es una mezcla del ruso y el alemán. Hijo de rabines askenazíes, dicha lengua le venía en la sangre.
Sus obras trascendentales reflejan ese humor judío tan refinado y seco y al mismo tiempo tan trágico.
Singer, que escribió cerca de cincuenta libros de cuentos y novelas y miles de artículos, fue un hombre que compaginó los adelantos del progreso al radicarse en Nueva York con una obra que explora el universo metafísico de los judíos de su aldea natal, así como con los conflictos del exiliado que se debate en una cultura extraña.
Por ello, por ser moderno y tradicionalista, fue doblemente solitario.
Ejemplo de esta contradicción es “Una boda en Brownsville”, donde narra un mundo fantástico de dioses, demonios, mitos y leyendas de las juderías polacas, así como su creencia en un Dios (Yahvé) al que nunca pudo soportar por ser tan
omnipotente.
Singer sintetiza al intelectual cosmopolita, abierto y multicultural centroeuropeo.
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