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Con tanta charla informal, entrevista, artículo y divulgación de su invento (la Turbococina) por periódicos, radio y televisión; reconocimientos tanto locales como internacionales y cada vez más invitaciones para dar conferencias y talleres tanto dentro como fuera del país, pareciera no tener sentido cuestionar que muchos no conozcamos ya al Ing. René Núñez Suárez.
Fácil equivocarse. Con muy pocas excepciones, es evidente que El Salvador no ha despertado aún sobre quién en verdad es esta enigmática figura. Pues estudió Ingeniería electrónica, no física. Y está muy lejos de estar conforme con haber aplicado un principio que ningún físico verdaderamente tomaba en serio. O haber hecho nuevas consideraciones a la segunda Ley de la Termodinámica. O de haber remotamente agotado una espectacular creatividad.
Aún para personas como el doctor Alberto Chiquillo —para algunos, el físico de formación y práctica más sólida en el país—, platicar con el Ing. Núñez no deja de generar rápidamente una sensación desconcertante de estar ante un fenómeno que pocas veces se manifiesta. Pero... ¿Qué puede generar semejantes impresiones?
Ya algunos han escuchado su frío análisis de la situación energética tanto de El Salvador como de todo nuestro planeta; y percibido la facilidad con que discierne la esencia y lo determinante; lo dimensiona; y detecta la “estática” las “pistas” dadas o no para despistar. Y han podido percibir su facilidad para deducir consecuencias e implicaciones, incluso en componentes tan complejos como son el cambio climático, el calentamiento global y el agotamiento de la capa de ozono. Pero lo que muy pocos han percibido aún es su escalofriante habilidad de generar respuestas y soluciones prácticas y efectivas aun para los problemas más complejos.
“¡Qué locura! Hacer casas de las cuales tenemos que salir corriendo al momento en que hay un terremoto. ¡Todavía vivimos en cuevas prefabricadas!” Y después de llegar a esta grotesca conclusión luego de los terremotos recientes, parece haber llegado al diseño de casas y edificios... ¡Que son tan inmunes a los terremotos que habrá que poner una lucecita para que quien está adentro sepa que afuera hay un terremoto!
¿Qué decir de una persona que probablemente fabricó el primer protector de voltaje y apagones (UPS) que verdaderamente funcionó en el país, y probablemente el mundo? ¿Y qué decir de una persona que puede concebir captadores de agua en laderas volcánicas y barcos de alta velocidad que podrían aliviar la situación de transporte intercontinental? ¿Y... qué decir de una persona que podría incrementar dramáticamente la eficiencia, la rentabilidad, la limpieza y la sostenibilidad tanto de la producción como de la distribución de la energía eléctrica en El Salvador y el mundo entero? ¿Y de verdad tenemos claras las implicaciones de aplicar la turbo-tecnología a la combustión del gas, el carbón, el diésel o incluso a centros como la Nejapa Power?
Ya un primer ministro —interesantemente el de Medio Ambiente antes que el
de Economía— ha dimensionado apropiadamente con su “sentido común” el impacto y potencial de la Turbococina, y que esto va mucho más allá aun de ahorrar gigan- tescas cantidades de leña y trabajo, u ofre- cer una primera solución realista a nuestra deforestación.
Pero pareciera urgente que todo El Salvador despierte ante una realidad mayor: que ante las enormes necesidades de un planeta agotado energética y ambientalmente (entre otras cosas) y densamente poblado, él sea el pilar sobre el que nuestro país — y toda Centroamérica— repunte económicamente con tecnologías e industrias propias para necesidades y problemas fundamentales del mundo entero. ¿El centro e inicio de una nueva era industrial?
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