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Juego de presiones
La apuesta de los demócratas
Sergio Muñoz Bata
sergio.munoz@latimes.com

Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Con una apuesta tan arriesgada como indispensable, los demócratas asumen que los votantes estadounidenses están listos para el cambio y resaltan el liderazgo de John Kerry.

La premisa central de los estrategas demócratas, en el sentido de que los votantes quieren un cambio, es una cuestión debatible.

Las encuestas no dan una respuesta definitiva. Mientras unas señalan que George W. Bush va adelante por dos puntos, otras dicen que es John Kerry quien lleva la delantera.

Lo que sí es claro es que los votantes escogerán como presidente a aquel candidato que demuestre tener una enorme capacidad de liderazgo para defender a la patria de sus enemigos y la habilidad necesaria para enderezar el rumbo de la economía nacional de manera que sus beneficios lleguen a las mayorías.

Partiendo de estos supuestos básicos, los jerarcas del partido Demócrata determinaron que el programa de su convención en Boston giraría en torno a dos ejes centrales. En primer lugar, ofrecerle a su candidato un espacio con visibilidad nacional para que sea él, no sus enemigos, quien se defina en sus propios términos.

La segunda premisa, magistralmente expresada por Bill Clinton en la apertura de la convención, busca acentuar las diferencias entre ambos partidos y convencer a la mayoría de la gente que un gobierno demócrata le traerá mayor bienestar económico.

La imagen de Kerry que prevalece hoy en la mente de los votantes independientes es la caricatura propuesta por los republicanos que, sin temor a la contradicción evidente, lo presenta como una especie de robot dubitativo, pero con un cargado expediente radical de izquierda.

Frente a esta realidad distorsionada, lo que los demócratas han hecho esta semana es intentar reconstruir cuidadosamente la imagen de Kerry valiéndose de los relatos de quienes atestiguaron su heroísmo en la guerra de Vietnam y de quienes lo acompañaron cuando su desilusión con la guerra lo convirtió en activista político.

En esta semana de definiciones, los demócratas han hecho un retrato hablado de la gestión de Kerry como procurador de Justicia y como servidor público en el Senado. Han mostrado a Kerry como un buen padre y buen esposo.

Queda ahora lo más difícil, ver hasta qué punto Kerry se ha mostrado como un hombre simpático, suelto, compasivo, comprensivo. Como un líder carismático, inteligente y conocedor, pero humilde. Falta ver si Kerry logra proyectarle al votante común y corriente la imagen de que él es un ser humano que entiende los problemas y las virtudes de otros seres humanos y que tiene la capacidad de influir positivamente en las decisiones que afectarán las vidas de todos.

El segundo objetivo central de la convención ha sido mostrar las diferencias entre ambos partidos y demostrar, en los hechos, que la mayoría de la gente prospera cuando gobiernan los demócratas. En este sentido, la presentación de Bill Clinton no pudo ser más efectiva. Demostrando una vez más que no hay en todo el país una figura con la habilidad política, el carisma y las dotes de orador que tiene Clinton, el ex presidente dedicó una parte de su discurso a contrastar el desempeño económico de su administración con la de Bush.

Desde cualquier perspectiva, la comparación resulta despiadada y el recuerdo de épocas mejores sin duda podría favorecer mucho a los demócratas.

Kerry no es Clinton. Afortunadamente para el demócrata, Bush tampoco es Clinton, de manera que tendremos que esperar al 2 de noviembre para saber si los demócratas ganaron la apuesta y si Kerry logró conectarse con ese puñado de electores indecisos, localizados en 17 estados para los cuales se montó este espectáculo.



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