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Nada se presenta al ojo más inútil y hostil que el desierto. Suele representar lo estéril y lo inanimado. El silencio y la muerte. Al recorrer los vastos espacios yermos del suroeste de Estados
Unidos, surge la inevitable pregunta: ¿Será este el futuro del planeta: la extinción lenta, la agonía de la vida y de lo verde?
Las parcelas más inhóspitas de Nevada, desolación de arenas blancas y fantasmas solares, evocan la superficie de Marte. Y sin embargo, en ese estado se ha afincado una colonia de la diáspora salvadoreña, incorporándose a ese estridente y pujante espejismo llamado Las Vegas.
En Arizona, extravagantes y bellas formaciones rocosas, hoy montañas y mañana polvo rojo —el color del estado— rompen la monotonía del llamado “desierto de altura”, con sus chaparrales aferrados a las escasas moléculas de agua del aire como un recién nacido a un pecho exprimido.
Pero Arizona no sólo es erial. La recorren altas cadenas montañosas, hogar del venado, el abeto y la ardilla listada. En ellas tuvieron su baluarte las partidas guerreras de Gerónimo y Cochise, que tan heroica —e infructuosamente— lucharon a finales del siglo XIX por defenderse de la arrolladora marea de caras pálidas procedente del este.
En lo hondo de la montaña, el tiempo camina lentamente, como arrastrando los pies, a tal grado que todavía es posible escuchar en el corredor de un rancho, al final de una extenuante jornada a lomo de caballo, la melancólica dulzaina de un curtido vaquero.
Aquí no han entrado la televisión o el internet, y apenas el teléfono celular. Los caminos son de terrazo y lo único que truena en el cielo es la voz del rayo. El deseo del viajero es que casi nada cambie.
Paradójicamente, el desierto ha contribuido a conservar este mundo. Con su mar calcinante y su sequía perenne mantiene a raya las luces de la ciudad.
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